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Páginas históricas (1)

Noticia “Comenzó a cortarle la cabeza, pero la dureza de la carne pudo más que el motoso cuchillo…”, cuenta Germán Villamor en parte de su relato, de uno de los episodios más dramáticos de nuestra historia.

El plan para derrocar a Villarroel comenzó a fines de mayo de 1946 con la huelga de los ferroviarios, la detención de universitarios y las diferencias con algunos militares que fueron precipitando los acontecimientos.

El miércoles 17 de julio apareció el aparato militar comprometido. Una delegación de jefes castrenses planteó en Palacio la clausura del Parlamento y la salida de los ministro del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), ya que echados éstos, llegaría la paz al país. Gualberto Villarroel escuchó y luego negó el pedido. Se habían echado las primeras cartas.

Al día siguiente se tomaron los mercados públicos. El antiguo periódico La Razón en la edición del 21 de julio de ese año describía estos episodios así: En la Universidad se organizaron 37 grupos de asalto con la intervención del rector Ormachea Zalles. El Gobierno, que estaba a la defensiva consiguió el repliegue de los grupos activistas a su cuartel general donde fueron cercados. Al atardecer de aquel día, dos altos jefes del Ministerio de Defensa, escoltaron hasta el palacio al Rector de la Universidad, quien planteó al gobernante los mismos puntos que antes habían planteado los jefes militares.

El 19 de julio las fuerzas se concentraron en los barrios populares, donde ganaba cuerpo la idea de sacar a Villarroel. El ministro de Trabajo, Germán Monroy Block, según su propio relato (22 años más tarde), hizo un recorrido por los distintos barrios junto a los coroneles Nogales y Ayllón, para informar a Villarroel de cuanto había visto. “No es necesario armar a los obreros; el ejército asumirá la defensa del régimen, la oposición se comprometió a no salir a las calles, porque se ha decidido que el MNR se aparte del Gobierno”, le dijo Villarroel a su Ministro. “No le digo adiós Germán, sino hasta luego”, apuntó el Presidente.

Luego de aquel diálogo con Villarroel, Monroy Block se encontró en Palacio con el ministro Zarko Kramer quien le comentó que, a mediodía, Villarroel se había reunido con el ministro Víctor Paz Estenssoro; éste le había comentado que la rebelión estaba en escalonada. “Primero el MNR y luego tú serás la víctima”, le dijo Paz Estenssoro, cuando escuchó la decisión de Villarroel de apartar del Gobierno al MNR.

En tanto, los opositores se encontraban reunidos en Sopocachi. Hasta allí llegó el Ministro de Defensa Pinto para comunicarles que el MNR había sido apartado del Gobierno; acto seguido, un grupo de damas increpó al ministro y hasta le tomaron de las solapas. Enseguida se organizo una marcha de damas y adolescentes.

De acuerdo a la versión de Monroy Block, cuando Villarroel preguntó por las razones de la marcha y quiénes eran, le respondieron que era una marcha de apoyo porque había salido el MNR del Gobierno, pero cuando la manifestación llegó a Plaza Murillo sonaron disparos y cayeron heridos los ministros Pinto y Barrero, quienes presenciaban la manifestación. Los manifestantes gritaban “abajo la bota militar”, “fuera los militares”.

Mientras esto ocurría los dirigentes del MNR se reunieron en la casa del alcalde Juan Luis Gutiérrez Granier. En el encuentro, Paz Estenssoro explicó el contenido de la reunión que había sostenido horas antes con el Presidente Villarroel. Como consecuencia de ello se redactó la nota de renuncia de los tres ministros del MNR: Víctor Paz Estenssoro, ministro de Hacienda, Germán Monroy Block, ministro de Trabajo y Julio Zuazo Cuenca, ministro de Agricultura. La renuncia fue presentada el sábado 20 a las 10.00; para entonces Villarroel ya tenía un gobierno netamente militar.

El escritor Alberto Ostria Gutiérrez, exiliado por Villarroel, escribe en su libro “Un pueblo en la cruz” sobre este episodio: El resultado fue inmediato y contraproducente, porque la indignación pública se acrecentó.

El sábado 20 de julio a las 10.00 se cumplió una importante reunión de alto nivel militar en el salón Rojo de Palacio, al que asistieron jefes y oficiales de la guarnición de La Paz. “Usted señor Presidente ya no cuenta con el apoyo del ejército ni del pueblo y le aconsejo renunciar”, le dijo el nuevo Ministro de Defensa. Villarroel le contestó “no estoy agarrado al cargo, pero si es por el bien del ejército y el país lo haré, pero ante quién voy a renunciar”.

Todo parecía arreglado y no había que añadir más cartas sobre la mesa, pero apareció en aquel momento un grupo de militares de aviación quienes se opusieron a la renuncia de Villarroel, momento que éste aprovechó para decir: “Veo que el ejército esta desunido”. El teniente coronel Nogales se puso abiertamente al lado de Villarroel y se sumaron a éste otros oficiales, entre ellos Waldo Ballivián.

Nogales ordenó en aquel momento el apresamiento de los jefes que habían pedido la renuncia de Villarroel, varios de los acusados, que en aquel momento eran minoría, fueron conducidos presos al salón de palitroque del Palacio ubicado en la planta baja, horas más tarde la orden quedó sin efecto por disposición del Gobierno ya que habría provocado  enfrentamientos militares incalculables. Los liberados volvieron a sus cuarteles y contaron lo sucedido, pronto consiguieron la adhesión de sus tropas y otros oficiales.

El 21 de julio a las 5.00 empezó a desencadenarse el capítulo final. Los militares leales no tenían mando sobre las tropas, los otros sí porque contaban con 7.000 efectivos, según relato posterior de Edmundo Nogales Ortiz.

El Jefe de Estado se debatía dentro de un círculo de militares desorientados. Nogales cuenta este episodio: “Recorrí la diferentes guarniciones amotinadas y escuché la misma respuesta: ‘no podemos disparar contra el pueblo’. Concluida la visita comuniqué al Presidente que todo estaba perdido y le aconsejé abandonar la ciudad”. El presidente Villarroel le contestó: “no le temo al pueblo porque solo quiero su bien. No debo dejar el Palacio sin antes entregar el poder a hombres responsables que puedan mantener el orden”.
 
Otros relatos señalan que Nogales no pudo recorrer las diferentes guarniciones porque era resistido; además, quedaba fresco el recuerdo de su decisión de ordenar el apresamiento de sus colegas, de manera que no tenía llegada a ningún grupo militar en esas circunstancias.

Los leales a Villarroel le pidieron al alcalde Gutiérrez Granier cortar las líneas telefónicas del Estado Mayor General y procedió así, aunque según versión de Monroy Block luego fue repuesto el servicio, pero según versión de Moisés Alcázar en “Páginas de sangre” el servicio telefónico fue cortado en Palacio, de manera que el Presidente no podía saber lo que ocurría en inmediaciones ni tomar sus previsiones.

Por mucho tiempo corrió la versión de que Paz Estenssoro ordenó a Gutiérrez Granier cortar el teléfono de Villarroel. Concuerda con esta versión Ostria Gutiérrez.

Gutiérrez Granier dimitió a las 8.45 y se marchó a buscar refugio. A las 10.30 un grupo de oficiales le pidió a Villarroel trasladarse a El Alto, mientras Monroy Block y Paz Estenssoro sed mantuvieron en la clandestinidad y a las 21.00 pidieron asilo en la Embajada de Paraguay.

A las 12.00 de aquel día, Gualberto Villarroel llamó al general Dámaso Arenas a quien le entregó su renuncia que textualmente decía: “En el deseo de contribuir a la tranquilidad del país, hago dejación del cargo de Presidente en la persona del Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de la Nación”. No había tiempo para más, en ese momento empezó el ataque a Palacio de grupos civiles y militares de los regimientos Lanza y Loa, de acuerdo con el relato del escritor López Murillo en “Los restaurados”.

El doctor López Arce subió en busca de Villarroel y se encontró con Arenas. En tanto, ante la invasión de Palacio, Villarroel y sus seguidores se refugiaron en las oficinas de Eficiencia administrativa que se encuentra a mano izquierda del primer piso, lo acompañaba el capitán Waldo Villarroel y su secretario Luis Uría. Actos seguido su edecán cayó mortalmente herido y luego fue muerto Uría. Villarroel trato de defenderse y recibió balazos en el cuerpo.

El librero e investigador, Germán Villamor relata: “uno de los revolucionarios extrajo un gran cuchillo y comenzó a cortar la cabeza de Villarroel, ya moribundo, pero la dureza de la carne pudo más que el motoso cuchillo”.

La muchedumbre se apoderó del cuerpo agónico y lo arrastró hasta los balcones del Palacio, luego fue arrojado a la calle Ayacucho. Con aquel terrible golpe dejó de existir. Enseguida Villarroel fue arrastrado, desvestido y colgado en un farol de alumbrado público en la Plaza Murillo (Historia de la Revolución Popular). El relato de Enrique Rocha Monroy es más conciso y señala: Los ojos verdes de Villarroel miran el rostro de la furia de quienes lo van a victimar, y  de pronto se llenan de sangre…

Eran las dos de la tarde y en los faroles aparecía colgados cuatro mártires: Villarroel, Ballivían, Uría y Roberto Hinojosa, en tanto en la plaza de San Pedro se había colgado al mayor Max Toledo.

Horas más tarde, cuando el frío invierno obligaba a buscar abrigo, algunas mujeres llegaron hasta el lugar para cubrir los cadáveres con algunos manteles, trapos y ropas; otros seguían tomado fotografías para completar el aspecto dantesco, de un episodio que nunca debe repetirse.
Recopilación: Ernesto Murillo Estrada

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