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Blog de Emebol

Páginas históricas (12) Hace 8 meses

             La historia no oficial de Daza

¿A quién favorecía su muerte, quién mandó a ejecutarlo, por qué no querían que hable, qué se temía que hable, qué intereses se movían en aquellos días? Estas son apenas algunas de las múltiples preguntas que se hace el hombre que quiere mirar más allá de las simples y acostumbradas narraciones, aquellas que le dijeron que no hubo presidente más malo en la historia que Hilarión Daza.

Hilarión Daza debía morir, esa era la consigna. Era una tarde del 27 de febrero de 1894, cuenta uno de los testigos de apellido Olivares. Un tal señor Ross reunió a muchas personas a las que arengó con bebidas y preparó para recorrer las calles de la población gritando “muera el traidor”.

En las paredes de Uyuni, una fría población por donde debía pasar el tren, se leían carteles con inscripciones como “Uyuni será la tumba del traidor Daza” “No pasara de Uyuni el traidor de Camarones”.
Antes de que muriera ya tenía el epitafio, antes de que dijera su verdad ya le habían sentenciado.

Cumplía el rol de Judas en “Jesucristo Super Star”. Éste se quejaba porque había nacido predestinado a ser el traidor, el que entregaría al Maestro por unas monedas y nada podía hacer porque así estaba predeterminado. Daza había recibido la cruz, en el mismo momento en que Chile decidió invadir territorio boliviano. Había sido elegido para jugar el rol de traidor, hombre vil y etiquetado por los historiadores como el culpable de haber entregado el mar a Chile.

“Eso dicen los que han escrito con las vísceras y no han investigado los intereses que había por detrás, intereses económicos chilenos, intereses políticos del partido Rojo, intereses de los que propiciaron la guerra y retiraron la mano”, cuenta Luis Antezana quien prepara un libro sobre este personaje.

La tesis de la película “Amargo Mar” muestra  que Hilarión  Daza no era tan villano como lo pintan, ya que tuvo  momentos de gran heroísmo y Narciso Campero tuvo un  grado de responsabilidad muy grande", manifestó el director de la película Antonio Eguino en 1984. "Creo que la historia oficial refleja  una posición muy clara de lo que era la oligarquía de ese entonces", acotó en medio de la reticencia de quienes habían escrito la historia oficial.

Aclaró que  esto no quiere decir  que  la Guerra del Pacífico tiene un culpable  como se quiso hacer entender. Añadió  que la culpabilidad recae en todos los bolivianos, porque  Antofagasta era  un territorio marítimo  abandonado, donde no existía presencia gubernamental, militar, ni jurídica.

Sonaron los disparos

Aquella tarde de febrero, cuando el día cerraba sus cortinas y pronunciaba los tonos grises, anunciando la noche, llegó un tren a Uyuni con 25 hombres a las órdenes del teniente coronel Guzmán Achá junto al capitán Mangudo. Traían una orden: no dejar entrar a la estación a la gente enardecida y supuestamente proteger a Daza.

Dos horas más tarde llegaba del sur el tren procedente de Antofagasta, territorio usurpado por  Chile; de pronto llovieron las piedras y un capitán de Ejército identificó a Daza a quien insultó. El batallón que llegó de Oruro le tranquilizó al señalarle que estaban ahí para protegerlo. “Siento pasar las balas por mis orejas”, habria expresado Daza, pero el jefe de la estación, Juan Turriaga, lo tranquilizó.

Guzmán y Mangudo lo escoltaron hasta su alojamiento, mientras un pelotón lo esperaba frente a dicha casa. Tan pronto el expresidente y sus acompañantes daban la vuelta la cuadra cuando llegaron las balas. Tres impactos en el pecho dieron fin a sus días, a cuatro años y dos meses de haber dejado el poder y cuando pretendía explicar al país por qué se afrontó la Guerra del Pacífico y qué papel jugó en aquel aciago acontecimiento.

El relato de Bernardino Olivares no tiene más detalles, sino un comentario que señala que fue un asesinato de frente, en la avenida Arce de la localidad de Uyuni, en uno de los tantos días fríos de nuestra historia.

Otro relato señala: "El 10 de mayo de 1894, en Uyuni, muy cerca de la estación, recibió dos tiros por la espalda. En el juicio pericial se constató el hecho. (V. Proceso Daza. Defensa del teniente coronel Andrés Guzmán Achá por el abogado Feliciano Abstoflor, Potosí, 1895) La policía que custodiaba a Daza no le defendió. Pese a lo intrincado del asunto, y al propósito deliberado de encubrirlo, la participación de los militares es manifiesta.  El juez del partido de Potosí dio auto de prisión contra los militares sindicados como asesinos del general, pero la Corte anuló dicho auto e hizo que pasase el asunto a la justicia militar.

"Es indudable que se trató de echar tierra sobre el crimen. Es sintomático el que hubiese desaparecido la pequeña maleta que Daza llevaba consigo, y que desapareció después de su muerte. Sin duda contenía documentos comprometedores, que habían de servir a Daza para su defensa, pero que también implicaban la deslealtad de otros muchos.

Salió del anonimato

Hilarión Groselle Daza, prefirió tomar el apellido materno en primera instancia. Su madre era una mujer humilde y su padre, posiblemente emigrante español. Hilarión fue formado en el Ejército de aquellos tiempos en los que se sucedían las revueltas y golpes de Estado. Pronto se ganó la simpatía del presidente Mariano Melgarejo, quien lo envió como segundo comandante de una expedición por los ríos Pilcomayo y Bermejo.

Salió del anonimato por su coraje y su fuerza física, méritos que le valieron ascensos en el ejército. Mariano Melgarejo lo nombró en 1864 comandante de edecanes, desde allá empezó a mirar con apetito desordenado la silla presidencial.
  
Tenía 36 años cuando llegó a la presidencia tras derrocar al gobierno de Tomás Frías el 4 de mayo de 1876; muy temprano para tener la experiencia en el manejo de un país, y muy a tiempo para colmar sus ambiciones, tal vez tarde para vencer sus ambiciones.

Carlos López Urrutia lo pinta como un gobierno que se distinguió por lo bacanales de sus soldados y generales y la corrupción que incluyó ventas de terrenos públicos cuyo dinero se apropió. Grandes favorecidos resultaron los oficiales y soldados del Regimiento Colorados en los que descansaba su poder en el gobierno. Con las finanzas en bancarrota, trató de aumentar sus ingresos elevando los impuestos al salitre lo que provocó la Guerra con Chile. Al comenzar la contienda el 1° de marzo de 1879, marchó a la cabeza de sus tropas dejando el gobierno a cargo del Ministro de Relaciones Exteriores. A la cabeza de 4.000 soldados llegó a Tacna el 30 de abril y al poco tiempo probó ser un incapaz y cobarde.

El grueso de la tropa de Daza debía marchar al sur y reforzar esas tropas desde Arica, amenazando con esa fuerza al ejército chileno en Tarapacá, para luego atacarlo entre dos fuegos. El 11 de noviembre salió de Arica y después de 15 millas de marcha descansó en caleta Vitor y continuó hasta la quebrada de Camarones desde donde regresó a Arica. Esta decisión ha sido considerada como una traición por muchos historiadores bolivianos y peruanos ya que abandonó a su suerte al ejército aliado en Tarapacá.

Las investigaciones posteriores muestran otros aspectos que contradicen los datos de la “historia oficial”, la que aprendimos la mayoría de los bolivianos en los textos del Prontuario Escolar y las Historias Generales de Bolivia, porque muchos de estos textos respondían a determinados intereses.

Es obvio que en la historia oficial de Bolivia metieron mano intereses externos, porque apenas tres décadas más tarde de la Guerra del Pacífico y al comprobar que muchos bolivianos salían al exterior para obtener el título de maestro y frente al desarrollo considerable de la reforma escolar, en 1907, el Ministro Juan Misael Saracho contrató los servicios de los profesores chilenos Leónidas Banderas Lebrún, Rodolfo Díaz Cortinas y Adolfo Piñeiro, en calidad de asesores técnicos encargándoles al primero, la Dirección de las Escuelas Primarias y al segundo, la enseñanza de idiomas. Posteriormente les dio la misión de fundar Escuelas Modelo de tipo experimental, con la obligación de dictar conferencias pedagógicas y clases prácticas de acuerdo a la Resolución del 17 de junio de 1907. Asimismo a Adolfo Piñeiro se le encomendó la redacción de un silabario para el aprendizaje de la lectura. De manera que los aludidos podía escribir quiénes eran buenos y quiénes eran malos, quienes eran traidores y quiénes inocentes. En otras palabras, podían empezar a elaborar "la historia oficial".

Las verdades ocultas

La historiografía boliviana del siglo XX le cambia el tono carnavalero a esta historia, aunque aún quedan algunos resabios de especialistas del país que insisten en ella; sólo por dar un ejemplo, en la educación pública de Bolivia esta mistificación continúa vigente.

Fueron los historiadores chilenos con Benjamín Vicuña Mackena como iniciador, quienes traman el “relato carnavalesco” de que el Presidente de Bolivia, Hilarión Daza, se guardó la noticia referida a que el ejército chileno invadió el Litoral boliviano, todo con el afán de continuar con la celebración del Carnaval el año 1879.

La mentira tuvo sus efectos en algunos sectores de la sociedad boliviana y quedó como un mito que a raíz de esa invención se había perdido el Litoral. Esta fue parte de una campaña de desprestigio en contra de Bolivia.

El libro más importante de este tenor es “Daza no ocultó la noticia de la invasión chilena” (1982) de Luis Antezana. El fundamento básico de la falta de veracidad de que Daza haya callado la noticia de la invasión del 14 de febrero de 1879 es, esencialmente, de orden físico: no existía una red de telégrafos entre Bolivia y Chile, y la noticia llegó hasta el Presidente a lomo de caballo el martes de Carnaval (25 de febrero).

La cronología de los hechos, según el estudio de Velasco, es citada por Antezana de manera detallada a continuación y editada por la revista Diremar.

El viernes 14 de febrero se inicia la invasión en Antofagasta.

El 15 la tropa chilena se dedica al saqueo de los bienes de los bolivianos.

En la tarde del 16 llega el vapor “Amazonas” con la bandera boliviana (la misma que fue cambiada por la chilena inmediatamente). El prefecto de la localidad, Severino Zapata, las autoridades y varias familias bolivianas se embarcan en ese buque para escapar de la furia de las fuerzas de ocupación, zarpando a altas horas de la noche.

“El retraso de la noticia no es culpa de Daza”. Si bien todavía no he sacado una conclusión, es claro que la noticia llegó con mucho retraso hasta La Paz, porque no había telégrafo, lo que habla de las carencias de Bolivia. Por eso no se puede atribuir a Daza la demora. Una vez conocida la noticia, la reacción fue inmediata, no sólo del Gobierno, sino de la población en general, basta ver los circulares y los periódicos que circularon en la época”, afirma el historiador Fernando Cajías.

En busca del culpable

Está claro que grupos económicos interesados en que no se sepa la verdad histórica de su participación en la pérdida del litoral boliviano, satanizaron la figura del general Hilarión Daza, quien fue Presidente de Bolivia en la época en que estalló la guerra. A él se le achacó responsabilidad en hechos causados por otros. Se dice, por ejemplo, que la Guerra del Pacífico se produjo porque él infringió el Tratado de 1874 que Bolivia había firmado con Chile. También se le acusa de la denominada “contramarcha de Camarones”, y de haberse vendido a Chile. Daza fue el chivo expiatorio seleccionado por la oligarquía boliviana, con la cooperación de la oligarquía chilena de la época, quienes, en la práctica, los dirigían.

La diplomacia chilena intentó de diversas maneras contar con la anuencia del general Daza para que Bolivia dejara de lado al Perú y se aliara a Chile, pero sin éxito (en este capítulo tuvo mucho que ver un tal Gabriel René Moreno, hoy elevado a los altares por algunos historiadores). El gobierno chileno había entrado en esta guerra para proteger los intereses de una poderosa compañía anglo-chilena que se había envuelto en litigios comerciales con el gobierno boliviano. Parece ser que el principal motivo de esta intervención del gobierno chileno en este problema se debió a que varios accionistas de esa compañía eran ministros del Gobierno de Chile, y otros pertenecían a la fronda aristocrática, como denominó don Bernardo O Higgins a la naciente oligarquía chilena. El resultado final fue que el litoral de Bolivia y el litoral del Perú pasaron a pertenecer al territorio chileno, que había puesto sus ojos en el guano de las costas peruanas y las de Bolivia.

Otro punto, la calumnia acerca de la supuesta cobardía del general Daza no es creíble, ya que él tenía reputación de hombre valiente y patriota. Por ejemplo el historiador, Tomás Caivano, que no ocultaba su antipatía por Bolivia y por el general Daza, no pudo menos que reconocer lo siguiente, al referirse al desastre de Camarones:

"Sin embargo, Daza no fue considerado jamás como cobarde: tenía, por el contrario, fama de experto y valeroso general: fama ganada y confirmada en varias ocasiones sobre los campos de batalla de las guerras civiles en su país; y los tres mil hombres que conducía consigo, lo mejor del ejército boliviano, era toda gente escogida, especie de guardia pretoriana muy adicta a él, disciplinada y aguerrida durante un largo período de revolución y de gobierno, y que era el terror de todo el país.

También el historiador boliviano Roberto Querejazu quien muestra su animadversión contra Daza, tiene más preguntas que respuestas:

"¿A qué se puede atribuir todas las extrañas actitudes del general Hilarión Daza en esos días? ¿Por qué trató de anular físicamente a su tropa haciéndola caminar, deliberadamente, a las horas de sol, con las caramañolas llenas de vino en vez de agua, haciendo devolver la mayor parte del agua acumulada en la etapa entre Chaca y Camarones, informando falsamente al Presidente Prado que no quería seguir adelante y dando la orden de la contramarcha como si cediese a un pedido unánime de sus inmediatos colaboradores?" (Aclaraciones Históricas Sobre la Guerra del Pacífico).

Los estudios e investigaciones apuntan a que el general Daza fue víctima de un complot puesto en acción por los verdaderos culpables del inicio y usufructo de la Guerra del Pacífico. Hay suficiente evidencia de dicho complot, en el que participaron prominentes chilenos y bolivianos, dirigidos desde las sombras por los señores de la guerra, los accionistas de la Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta. De ahí las siguientes palabras del abogado, jurista e historiador boliviano, Edgar Oblitas, quien señala:

"Indudablemente que ahora podemos darnos una explicación del porqué de la retirada de Camarones. ¿Por qué el ejército de Daza fue abandonado en el desierto? ¿Por qué no se le enviaron los alimentos y especialmente las provisiones de agua? ¿Por qué en lugar de agua se les proporcionó vino cuando salían de Arica? Todas estas preguntas no tenían respuesta, pero ahora estamos en condiciones de descifrar el enigma. Si Daza hubiese traicionado con la famosa retirada de Camarones, ¿cómo se explica que éste después de semejante infamia se hubiese dirigido a Arica a ponerse nuevamente a las órdenes de Prado? ¿Cómo se explica que a partir de ese momento Daza no se hubiera puesto ya públicamente a favor de Chile y en contra el Perú?"

El vilipendiado Daza estaba al centro de dos complots siniestros. Uno instrumentado por Aniceto Arce, cuya cabeza visible era el general Eliodoro Camacho, con el objetivo de echarlo del mando del ejército y de la presidencia de la República, para buscar un entendimiento con Chile; y otro, del Presidente del Perú, Manuel Ignacio Prado, que quería impedir a toda costa la presencia del general Daza en San Francisco por emulación y celos.

La carta de la distracción


La separación de Bolivia de su compromiso de alianza con el Perú fue  un constante afán del canciller Domingo Santa María, y nunca cejó en tales esfuerzos. Para ese propósito activó una red de contactos en Bolivia misma, incluyendo algunos personajes bolivianos. Estos empresarios mineros bolivianos, conscientes de las incalculables pérdidas que sufrirían sus intereses si la guerra continuaba, apoyaron decididamente los planes del canciller chileno.

La conjura contra el presidente Daza empezó poco después de que las tropas chilenas ocuparan militarmente Antofagasta. En realidad, la campaña de desprestigio contra el mandatario boliviano se inició en Chile. A fines de abril de 1879, el multifacético Sr. Benjamín Vicuña Mackenna lanzó la idea:

"El Presidente Daza tuvo conocimiento de lo que pasaba, el jueves 20 de febrero, día que en aquella ciudad, y en todo Bolivia se llama el “jueves de los compadres”, porque es el comienzo de retozón y en ocasiones desaforado carnaval".

Lo que hace inadmisible esta afirmación de Vicuña Mackenna es que la noticia no pudo haber llegado a La Paz por alambre eléctrico, porque en aquella época Bolivia no contaba con servicio telegráfico. El mismo historiador reconoce que las comunicaciones desde Tacna a La Paz se hacían "por chasquis y a revienta cinchas".

En realidad, la noticia de la ocupación de Antofagasta llegó por chasqui. La invasión se produjo el 14 de febrero; la noticia de lo sucedido llegó a Tacna el 19 por vía marítima; y al día siguiente salió raudamente el chasqui Gregorio Colque rumbo a La Paz, adonde llegó el martes 25 a las 23.00 con las noticias acerca de lo que había ocurrido en Antofagasta.  La nota había sido enviada desde Tacna por los cónsules de Bolivia en Tacna e Iquique, y estaba fechada el 19 de febrero de 1879.

 Al recibir esta noticia, el Presidente hizo abandono inmediato de la residencia donde se hallaba y, sin despedirse siquiera de quienes participaban de los festejos, junto con sus edecanes se dirigió apresuradamente al Palacio de Gobierno para analizar la situación. Él y sus ministros trabajaron toda la noche en las acciones que habían de emprender. A la mañana siguiente, tenían preparados los mensajes y decretos que dieron a conocer al pueblo.

Pero el coronel Eliodoro Camacho, quien sucedió a Daza en el cargo, prefirió la versión chilena, la cual reprodujo en su "Manifiesto": "Es notorio que el pueblo de La Paz ignoraba el aviso del funesto 14 de febrero, mientras que el general Daza, aturdido en el bullicio del carnaval, ocultaba el parte y solemnizaba la ocupación de nuestro litoral". Desde entonces los subsiguientes escritores bolivianos se han limitado a copiar al coronel Camacho hasta el presente, sin molestarse en hacer una investigación propia para llegar a la raíz del asunto.

 El historiador chileno, don Diego Barros Arana, entrega una información reveladora, que debería definitivamente poner término a la infame calumnia levantada contra el general Daza acerca de su supuesta retirada de Camarones:

"Durante la marcha, (el general Daza) no había cesado de telegrafiar al Presidente del Perú para manifestarle las dificultades que encontraba en el camino, y la dificultad en que su división se hallaba para seguir avanzando. El Presidente Prado, seguro del poder de sus tropas, y no queriendo que los bolivianos se llevaran la gloria del triunfo que, según creía firmemente, debía alcanzar el ejército peruano del Sur, bajo el mando del general Buendía, previno a Daza que de acuerdo con una junta de guerra, había resuelto que aquel general atacase a los chilenos sin esperar las tropas bolivianas que iban del norte, y que por tanto sería inútil y hasta peligroso que éstas siguieran avanzando. El presidente Daza dio conocimiento de este despacho a los jefes de su ejército, y en la tarde del 16 de noviembre impartió a sus tropas la orden de contramarcha".

El telegrama que el presidente Prado envió al general Daza es este: "Viendo que no puede pasar adelante con su ejército, el consejo de guerra que anoche convoqué ha acordado que el general Buendía ataque mañana al enemigo, siendo por tanto no solamente peligrosa sino innecesaria la marcha de usted al sur".

Con respecto a la acusación de que el general Daza haya estado en convivencia con el gobierno de Chile, el historiador chileno Gonzalo Bulnes se encarga de rechazarla por absurda: "Hay otra explicación de lo sucedido, que es la insinuación por los historiadores bolivianos y peruanos de suponer que Daza estaba de acuerdo  con Chile y que el retroceder de Camarones lo hizo para facilitar nuestro triunfo en Dolores.

"Esta versión es completamente falsa y, al revés, el pensamiento uniforme del Gobierno chileno, después de la campaña de Tarapacá, era derrocar a Daza, considerándolo como único obstáculo para su inteligencia con Bolivia".

"El propósito militar que se tuvo en vista -continúa diciendo Bulnes-, fue derrocar a Daza precisamente porque no había querido entenderse con Chile, suponiendo que Bolivia estaba deseosa de aliarse con nosotros y que él se lo impedía.

"Por de pronto me limitaré a transcribir un trozo de la correspondencia del presidente Pinto, que anticipa ese juicio y revela cuán lejos estaba de toda inteligencia con el caudillo boliviano. Mientras Daza subsista a la cabeza del gobierno de Bolivia será imposible arreglarse con este país, y mientras no nos arreglemos con Bolivia será difícil imponer la ley al Perú. Una vez que batamos al ejército peruano de Tarapacá, creo que debemos pensar en batir al ejército de Daza, pues una vez destruido, es probable que se produzca en Bolivia un cambio de Gobierno, y esto allanaría mucho el camino para el fin de la guerra”, señala Bulnes.
 
El enemigo duerme en casa

El afán del canciller Domingo Santa María era separar a Bolivia del Perú, y ponerla a su lado, dejando así al Perú como el único enemigo al cual destruir. Primero lo intentó con adulaciones y halagos, tal como se había hecho anteriormente con el general Mariano Melgarejo. De esta manera, a principio de abril de 1879, el presidente Daza recibió dos cartas que revelaban estas intenciones, las cuales estaban firmadas por el señor Justiniano Sotomayor Guzmán, aunque muy probablemente fueron redactadas por el canciller Santa María. La carta decía así:

Santiago, 8 de abril de 1879

Señor don Hilarión Daza

Apreciado amigo:

"Me encuentro aquí desde hace un mes, y Ud. no tendrá necesidad de que le diga por qué me he venido. La ruptura de relaciones entre Bolivia y Chile me ha sido muy dolorosa, porque siempre he sido de opinión que no debería haber en la América del Sur países que cultivasen más estrechas relaciones de amistad".

"El Perú, por el contrario, es el peor enemigo de Bolivia, es el que la agobia bajo el peso de sus trabas aduaneras, el cancerbero de la libertad comercial, industrial y hasta cierto punto, política de Bolivia".

"Chile ha llevado a Bolivia  industrias y capitales. Con este impulso la minería ha tomado allí un considerable impulso, esa actividad ha tenido que refluir sobre la agricultura y sobre la riqueza del país.
Chile es el único país que puede librar a Bolivia del pesado yugo con que el Perú la oprime. Chile es también la única nación que, aliada a Bolivia, puede darle lo que le falta para ser una gran nación, es decir, puertos propios y vías expeditas de comunicación".

"Ahora o nunca debe pensar Bolivia en conquistar su rango de nación, su verdadera independencia, que por cierto no está ya en Antofagasta, sino en Arica. Después de esta guerra ya será tarde. Chile vencedor no lo consentiría, a menos de tener a Bolivia de su parte. El Perú vencedor le impondrá la ley a Bolivia, su aliada, y a Chile su enemigo; y Chile debilitado no podrá ayudar a Bolivia, aunque ésta se lo pidiese. El hombre que dé a Bolivia su independencia del Perú, será más grande que Bolívar y  Sucre, porque aquellos, sólo le dieron un simulacro de libertad, y éste se la daría real y verdadera. ¿Estaba reservada a Ud. tan colosal empresa?"

El presidente Daza, de común acuerdo con sus ministros, en categórico rechazo al contenido de las cartas, hizo llegar copias de éstas al Gobierno de Perú.

 A pesar de este rechazo a sus pretensiones, el canciller Santa María aún no se daba por vencido y elaboró una táctica más directa. Envió al Sr. Luis Salinas Vega, un boliviano que residía en Santiago, a entrevistarse con el Presidente de Bolivia para ver qué tan dispuesto estaría para recibir proposiciones más concretas por medio de un enviado especial.  Él dijo que estaría de acuerdo siempre que el portador de tales proposiciones le inspirase confianza. El señor Salinas le mencionó a dos destacados bolivianos que residían en Santiago, los señores Emilio Lillo y Gabriel René Moreno. El general Daza eligió a Gabriel René Moreno.

De modo que el 29 de mayo de 1879, el canciller Santa María hizo entrega al Sr. Gabriel René Moreno de su credencial y las bases de la propuesta chilena. El texto de la credencial era este:

Santiago, 29 de mayo de 1879

Al señor Gabriel René Moreno

Interesado el Gobierno de Chile en poner término a la guerra que sostiene contra Bolivia, mira con placer la buena disposición de usted para coadyuvar a la consecución de este deseo.

En consecuencia, el Gobierno de Chile verá con satisfacción que usted se acerque al Excelentísimo Presidente de Bolivia y le signifique nuestros sentimientos a este respecto. Mi gobierno espera que el de Bolivia escuche con benevolencia cuanto usted le exponga en este sentido, y en conformidad a lo que usted ha expresado en nuestras conferencias verbales. La palabra de usted contará en su abono con sus antecedentes personales y la presente nota.

Al mismo tiempo, el ministro Santa María movía sus contactos en La Paz y, como resultado, el presidente Daza recibió una sorpresiva nota de parte de los señores Aniceto Arce y Adolfo Costa Du Rels, en la cual se le conminaba a que aceptara la propuesta chilena. Esta increíble nota decía, en parte:

"Como representantes de las fortunas más valiosas, y a nombre de este país, le manifestamos a Ud. que es preciso ponerse de acuerdo secretamente con el Presidente de Chile, mediante una entrevista que deberá Ud. tener con el señor René Moreno".
Días después, el 8 de junio, el señor Gabriel René Moreno entregó en Tacna la propuesta chilena de reconciliación al presidente Daza y su canciller señor Serapio Reyes Ortiz. El texto de las “Bases” propuestas es este:

1. Se reanudan las amistosas relaciones que siempre han existido entre Chile y Bolivia y que sólo se han interrumpido desde febrero del presente año; en consecuencia cesa la guerra entre las dos Repúblicas, y los ejércitos de ambas se consideran en adelante como aliados en la guerra contra el Perú.

2. En testimonio de que desaparecen, desde luego, todos los motivos de desavenencia entre Chile y Bolivia, se declara por esta última, que reconoce como de la exclusiva propiedad de Chile, todo el territorio comprendido entre los paralelos 23º y 24º, que ha sido el que mutuamente se han disputado.

3. Como la República de Bolivia ha menester de una parte del territorio peruano para regularizar el suyo y proporcionarse una comunicación fácil con el Pacífico, de que carece al presente, sin quedar sometida a las trabas que le ha impuesto siempre el gobierno peruano, Chile no embarazará la adquisición de ese territorio, ni se opondrá a su ocupación definitiva por parte de Bolivia, sino que, por el contrario, le prestará al presente la más eficaz ayuda.

4. La ayuda de Chile a Bolivia constituirá, mientras dure la guerra actual con el Perú, en proporcionarle armas, dinero y elementos necesarios para la organización mejor de su ejército.

5. Vencido el Perú y llegado el momento de estipular la paz, no podrá ella efectuarse por parte de Chile, mientras que el Perú no la celebre igualmente con Bolivia, en cuyo caso respetará todas las concesiones territoriales que el Perú haga a Bolivia, o que ésta imponga a aquel. Tampoco podrá Bolivia celebrar la paz sin la anuencia e intervención de Chile.

6. Celebrada la paz, Chile dejará a Bolivia todo el armamento que estime necesario para el servicio de su ejército y para mantener en seguridad el territorio que se le haya cedido por el Perú o que haya obtenido de éste por la ocupación, sin que le haga cargo alguno por las cantidades de dinero que haya podido facilitarse durante la guerra, las que jamás excederán de seiscientos mil pesos.

Queda desde ahora establecido que la indemnización de guerra que el Perú haya de pagar a Chile, habrá que garantizarse precisamente atenta la situación financiera del Perú, y su informalidad con sus compromisos, con la explotación del salitre del departamento de Tarapacá y los guanos y demás sustancias que en el mismo puedan encontrarse.

El presidente Daza y su canciller Reyes Ortiz le expresaron al enviado especial de Chile (Gabriel René Moreno) su más enfático rechazo a las bases propuestas y éste tuvo que regresar a Santiago con las manos vacías. Hoy la foto de éste aparece en los billetes de Bs 100 y la universidad cruceña lleva su nombre. Más de uno sugiere que ese nombre y apellido sean borrados de la historia o al menos aparezcan en la lista de los tantos que hicieron daño a la Patria y por culpa de unos cuantos hagiógrafos, que se dan el rótulo de historiadores, aparezcan los malos, como célebres personajes de nuestra historia.

"A esto debe añadirse lo que dice Eufronio Vizcarra en su Estudio Histórico de la Guerra del Pacífico, Cochabamba, 1889, p. 118: “Cuando Salinas Vega comunicó a René Moreno el resultado de sus conferencias en Tacna, este último se negó terminantemente a intervenir en el asunto porque, según su propia expresión, las proposiciones eran inicuamente inmorales por su forma alevosa contra el Perú", pero, por una de esas inexplicables contradicciones en que incurren los hombres, René Moreno, que había calificado de inmorales las proposiciones de Chile, resultó el portador de ellas”.

"Más tarde, ante el clamor público que lo acusaba de traidor, Moreno publicó en Chile un folleto titulado: Daza y las bases chilenas de 1879, en que denigra a su patria y al gobierno. La autoridad política de Sucre denunció el folleto y René Moreno fue condenado a 4 años de prisión “por haberse puesto al servicio de la República de Chile y por haber suministrado al enemigo, en su citado folleto, noticias acerca de la situación militar, política y económica de Bolivia”. Hay mucha tela que cortar en este episodio.

Gabriel René Moreno, que no volvió a poner los pies en su patria, continuó en Chile, en donde ya llevaba residiendo mucho tiempo y conservó en el fondo un oculto resentimiento para con el país en que había nacido, y también con el Perú".

Volviendo a la historia, con este acto, el presidente Hilarion Daza cavó su tumba. Comprendiendo que todos sus esfuerzos por doblegar al irreducible mandatario boliviano serían en vano, el canciller Santa María se puso en contacto, una vez más, con la oligarquía minera boliviana y otros enemigos internos del presidente Daza con el decidido propósito de planear su derrocamiento.

En carta al coronel Emilio Sotomayor Baeza, el canciller Santa María hizo esta revelación: "Veinte días ha que partió de aquí el coronel Eguino, con quien convine cuanto debía hacer para que la alianza peruana terminase. En mi poder tengo el plan concertado. En él entraba tentar a Camacho como el único jefe que podría derrocar a Daza".

¿Cuál sería el procedimiento que utilizaría el coronel Eguino para llevar a cabo la misión que le encomendó el canciller chileno, esto es, "derrocar a Daza"? Él mismo lo dejó consignado en sus Memorias:

"Marcharía yo a Tacna con el pretexto de conseguir mi canje, pero en la realidad, con la misión secreta de operar un movimiento político, mediante el cual, el general Daza sería reemplazado con el comandante en jefe del ejército boliviano, coronel Eliodoro Camacho, quien rompiendo la alianza con el Perú, se entendería directamente con Chile para la inmediata celebración de paz entre ambas naciones. Chile se quedaría entonces a entender sólo con el Perú, que muy pronto sería aniquilado; y terminada la guerra, Bolivia obtendría los territorios de Tacna y Arica, en cambio del departamento de Cobija, que junto con la provincia peruana de Tarapacá pasarían a dominio de Chile".

El 27 de diciembre, el presidente Daza partió de Tacna en tren rumbo a Arica para dar a conocer al contralmirante Lizardo Montero el proyecto que concibió. Aprovechando su ausencia temporal de Tacna, el coronel Camacho y otros prepararon el golpe de Estado contra el presidente Daza, cuyos planes contaron con la colaboración del contraalmirante Montero. Como primera medida, alejaron a los batallones de línea de la ciudad, enviándolos en un día de aseo a un riachuelo cercano; luego se apoderaron del parque de municiones y de los cuarteles de las unidades que habían sido alejadas de la ciudad. Así, Tacna quedaba bajo el control de los complotados.

El historiador chileno Diego Barros Arana, da detalles de la conjura montada para derrocar al presidente Daza:

El contraalmirante Montero, interesado como el que más en la deposición de Daza, facilitó el camino para llevarla a cabo. Llamó a Arica al presidente de Bolivia para discutir su plan de campaña; y éste, sin sospechar el lazo que se le tendía, se presentó allí en la mañana del 27 de diciembre.

"Durante algunas horas el jefe peruano y el presidente de Bolivia discutieron cordialmente las futuras operaciones de la guerra. Daza expuso su proyecto para destruir al ejército chileno.  Montero lo aprobó en todas sus partes, declarando que él mismo estaba pronto a secundarlo, atacando al enemigo por un lado, mientras los bolivianos lo atacaban por el otro. Los dos generales se separaron a las cuatro de la tarde como los mejores amigos.
"Daza se dirigió entonces a la estación del ferrocarril.
 
Había ya tomado el tren en que debía volver a Tacna, cuando un oficial peruano le mostró un telegrama que en el acto lo obligó a bajar de su asiento, como herido por un rayo. Ese telegrama anunciaba que durante su ausencia, el ejército boliviano se había sublevado bajo la voz de algunos de sus jefes, y que sin encontrar la menor resistencia, había depuesto al presidente Daza y reconocido como jefe al coronel don Eliodoro Camacho".

 El telegrama que el coronel Camacho había enviado al contraalmirante Montero decía lo siguiente:

Tacna, 28 de diciembre de 1879

"El Ejército Boliviano ha desconocido la autoridad del General Daza y se pone a mis órdenes, y yo a las de V .S., para cumplir nuestro deber de defensa de la alianza. El Ejército Boliviano saluda a V. S. y en su persona, al heroico y valeroso Ejército de su hermana aliada. Sírvase V. S. transmitir este suceso a S. E., el doctor Piérola, ofreciéndole el homenaje de nuestros respetos: Eliodoro Camacho.

Los datos que entrega el historiador Barros Arana acerca de las peripecias que sufrió Daza tras su relevo de mando son aclaradores.

"En el primer momento de despecho, solicitó asilo en alguno de los buques de guerra neutrales que había en el puerto. Los comandantes de esos buques se negaron a recibirlo. No queriendo permanecer más largo tiempo en Arica, el 4 de enero de 1880, Daza emprendió a caballo su viaje por los caminos de la costa hasta Mollendo, y en ese puerto tomó el ferrocarril que lo condujo a Arequipa. Parece que hasta entonces Daza abrigaba alguna esperanza de verse repuesto en el gobierno de Bolivia. Creía que sus partidarios reaccionarían contra la revolución operada por el ejército, y que lo llamarían para confiarle de nuevo el mando del estado. Por eso había ido a establecerse en Arequipa, para tomar allí el ferrocarril que va hasta las orillas del lago Titicaca, y volver a La Paz al primer llamamiento que se le hiciera.

La conspiración dirigida desde Chile por el canciller Santa María, con la complicidad de los grupos de poder bolivianos, todos unidos por lazos masónicos, había conseguido el derrocamiento del presidente Daza y el enlodamiento de su imagen.

Manifiesto del ciudadano Hilarión Daza

El general cuenta su verdad en un opúsculo (1881), una carta que pocos la conocen.

Este episodio no podía quedar completo si no se le cede la palabra a Hilarión Daza, cuya carta de defensa se encuentra en las bibliotecas peruanas y refiere a la letra lo siguiente:

"Tarea ingrata y embarazosa, es sin duda, la de rememorar acontecimientos pasados, precisamente en omentos en que se quisiera olvidar todo, y tener que nombrar y ocuparse de personas cuya existencia misma quisiera ignorarse a fin de no hacer sangrar las llagas, frescas aún, abiertas por la ingratitud de los unos, la deslealtad y falta de hidalguía de los otros y la poca o ninguna justicia de los demás.

Pero ¿qué hacer si el deber lo exige? ¿Qué hacer sino seguir y cruzar una a una todas las etapas que conducen al calvario del patriotismo?

Un país minado por las revueltas provocadas por las aspiraciones personales me había entregado la dirección de sus destinos; y una guerra tan injusta como desoladora, había llevado el luto, la pobreza y las miserias al seno mismo de ese país, y es justo que yo diga a ese noble pueblo la manera cómo llené su mandato y la acción que me cupo ejercer en el terrible duelo que hasta este momento mantiene.

Y tengo que hacerlo, precisamente, cuando estoy situado a tanta distancia del teatro de los acontecimientos, careciendo de los documentos oficiales que tan necesarios e indispensable me son, y aún de la mayor parte de mis papeles particulares, pues que, como se conoce en Bolivia fue ocupada la casa de mi alojamiento en Tacna, y dispersados y extraviados los objetos de mi pertenencia.

No se crea que mi deseo es justificar mis actos. Mi carácter sencillo, formado por la ingenuidad de la vida militar, no se presta a esa acumulación de argucias con que siempre se suele revestir este tipo de documentos.

Creo y he creído siempre que en lo absoluto es la paz interior la primera necesidad de un estado, muchos más en Bolivia, aniquilada, gastada, destruida y postrada por la guerra civil, por las revoluciones de todos los días, por ese Estado mórbido, por decirlo así, que constituye una situación permanentemente anormal, que no deja lugar al cálculo, al plan ni al sistema en todo orden de cosas, hasta el privado.

Se recuperaron las rentas del Litoral, que por gobiernos imprevisores habían sido empeñadas a empresas irrealizables. Se habían restablecido las aduanas nacionales que empezaban a producir excelentes beneficios para el fisco y sobre todo daban seguridad e independencia al comercio.

Nacionales y extranjeros, todo el mundo conoce la historia e la presente guerra. Una ley votada por la Asamblea Nacional en plena y perfecta jurisdicción, a iniciativa de un diputado del Litoral y sin que yo ni mis ministros tuviéramos la más remota injerencia en ellos, fue sino la causa, el pretexto ostensible de ella.
Si algo puede reprocharse a mi administración en este asunto es el haber confiado en la palabra autorizada y solemne del embajador chilenos, que hasta el último momento y empeñando la fe nacional de su patria sostuvo el principio de tratar la cuestión en el terreno de la diplomacia, excusando y explicando con diferentes motivos la presencia del buque chileno en aguas de Antofagasta.

Pero ¿Cómo podía yo llegar a presumir siquiera que una nación civilizada, que un pueblo que hasta el fastidio se llamaba nuestro hermano, nos tendiera lazos impropios de nación tan respetable, y burlara la fe nacional empeñada en el sagrado de convenciones internacionales? El reto fue arrojado, nuestra confianza burlada, nuestro territorio ocupado. Todo esto lo puse en conocimiento del país por medio de un manifiesto, aceptando la guerra, pero solo en su carácter defensivo.

Nuestros parques se encontraban exhaustos, nuestras poblaciones diezmadas por la peste y empobrecida por cuatro años de escasez y malas cosechas y sobre todo ¿por qué no decirlo francamente? Desmoralizadas por 50 años de revoluciones constantes, de celos, de partidarismo y de esa especie de desorganización que trae consigo, de una manera inevitable, la falta de estabilidad.

Pero, el patriotismo exaltado e los bolivianos que por plazas y calles aclamaban la guerra, las manifestaciones que en ese sentido se hacían en todos los puntos de la República; la circular atentatoria que pasó nuestro Ministro Plenipotenciario en Lima al cuerpo diplomático en esa capital “declarando la guerra a Chile”, clásico documento de absurdidad e ignorancia y, sobre todo, las reiteradas exigencias del Perú para que el Ejercito de Bolivia fuera a guarnecer las costas del sud, precipitaron los acontecimientos y les dieron una dirección distinta de la que al principio me había propuesto.

Aún hay algo más que decir sobre este punto y es que tan decidido me encontraba yo a no dar a la guerra un desenvolvimiento inmediato que don Zoilo Flores, nuestro Ministro en Lima, se permitió hacer recoger, desmentir oficialmente y dar por apócrifo el manifiesto dirigido por mí al pueblo boliviano, en el que bien claro se manifestaban mis intenciones y mi resolución a ese respecto.

Pero, lo repito, los acontecimientos  se precipitaron; nuestro ministro especial ante el gobierno peruano, el señor Reyes Ortiz expedía telegrama sobre telegrama diciendo “vuele ejército boliviano”, y por otra parte el país indignado ejercía una especie de presión sobre el Gobierno, demandando la guerra a todo trance, la guerra inmediata, y no tuve otra cosa que hacer que organizar la expedición a Tacna, primera etapa de la sangrienta lucha, tomando al país, todo lo que el país me ofrecía, es decir su sangre, su abnegación, su heroísmo…

Fusiles y cañones, la calidad y alcance de éstos y de aquellos, pertrechos de todo género, recursos de guerra y de campaña y oro sobre todo, se necesitaba a más del patriotismo y del entusiasmo. El país, empobrecido por las circunstancias, en otra parte mencionadas, desgraciadamente no se prestaba a satisfacer estas exigencias, algo más, no lo podía…"

Historia no oficial

Este podría ser un acercamiento a una historia no oficial de Hilarión Daza, muy a la distancia, alejado de los intereses de quienes querían hundirlo y sin pretender justificarlo en el tiempo, pero alguien tiene que darle la palabra que se le cerró en Uyuni en ese día frío. Queda claro que la historia no solo la deben escribir los vencedores. La historia no es patrimonio de los Arguedas, Querejazu, René Moreno y otros. Es un patrimonio colectivo que debe estar alejado de las subjetividades, afinidades y dogmatismos de quienes se creen dueños de la verdad y nos cuentan su historia.

Ernesto Murillo Estrada


Páginas históricas (11) Hace 9 meses

                   Zárate Willka, el as de Pando

Esperaba que le pagaran mucho más de lo que recibió, más nunca esperó tan mala moneda a la hora en que su presencia ya no servía a los intereses mayores. Zárate Wilka jugó un papel decisivo en un momento de la historia, cuando volcó la balanza al lado paceño en los albores del siglo XX; pero la vida es un carrusel en el que la dicha solo alcanza un periodo corto de vida.

Cada uno de los actores de este pasaje histórico tenía una apuesta definida. Los  representantes paceños querían la sede, los chuquisaqueños alentaban a mantener la capital y si la perdían, no querían la derrota total; Juan Manuel Pando buscaba el camino más corto para llegar a la presidencia, y Zárate Willka anhelaba ganar cuerpo con su movimiento y ser reconocido en el Estado como un sector con voz y voto.

La Paz fue durante todo el siglo XIX la primera ciudad de Bolivia y frecuentemente sede de los gobiernos nacionales (comenzando por el Mariscal Andrés de Santa Cruz). Su dinámica como ciudad se vería muy pronto respaldada por el nacimiento de la economía del estaño que desplazó el eje Potosí - Sucre al eje Oruro - La Paz. La caída de la plata trajo consigo el debilitamiento de la influencia de los viejos caudillos conservadores: Arce, Pacheco y sus colaboradores más allegados.

Los historiadores de la época señalan que el crecimiento de La Paz y el descenso económico de Chuquisaca, insuflaron en los primeros un aire de ganador y en los segundos, un afán de no soltar lo que la historia les había entregado.

Pilar Mendieta en su artículo “La revolución Federal de 1899” se refiere al menos a cuatro motivaciones importantes que impulsaron a La Paz a tomar el timón de la nave del país: 1) La lucha partidaria por el poder político que, durante más de 20 años habían estado liberando, el Partido Liberal y el Conservador. En este contexto, los liberales vieron coartadas sus posibilidades reales de llegar al poder por la vía democrática. Esto debido a prácticas y pautas de comportamiento todavía totalitarias y caudillistas como el cohecho electoral, la violencia política, el exilio y los estados de sitio. A fines de siglo la tensión entre ambos partidos se fue agudizando y llegó a tal punto que los liberales vieron como única salida la revolución.

2) Los liberales, aprovechando de su de su creciente popularidad política y explotando muy bien, en el discurso, su papel de víctimas del oficialismo, rompieron la posición de respeto al orden establecido, sacando provecho de los descontentos acumulados por la población.  Varios sectores se sentían marginados del poder centralista del sur, entre ellos grupos de militares descontentos, así como un movimiento con ideas pro federales que se encontraban ubicados de manera especial en los departamentos de La Paz, Cochabamba y Santa Cruz. Se cree que las fuerzas liberales habían prometido a los indígenas la restitución de sus tierras de comunidad, para restaurar al antiguo pacto de reciprocidad entre el Estado y las comunidades indígenas.

3) También existían motivaciones de tipo estructural que tenían que ver con la creciente importancia económica de la ciudad de La Paz y de una fortalecida elite mestiza relacionada al comercio, la minería del estaño, la cual tenía mucho contacto con el Perú. La Paz y su elite, con los liberales como sus principales defensores necesitaban, además del poder económico adquirido, el instrumento político que les permita tomar el control del país. Por otro lado, la elite sureña se encontraba en pleno descrédito y crisis, no solo política sino también económica y social.

4) El detonante fue el conflicto por la capitalidad de la República iniciado por la Ley de Radicatoria en la ciudad de Sucre el 14 de noviembre de 1898, además de expresar un problema regional no resuelto, pues ya llevaba años en el intento de definir la capital definitiva de Bolivia, fue más que nada la excusa ideal para que la elite paceña inicie, el 12 de diciembre de 1898, la lucha armada por el poder a través del recurso del golpe de estado y con la excusa de organizar un gobierno federal bajo el lema ¡Viva la revolución!

En este contexto ubica el escritor orureño Ramiro Condarco al líder indígena en su libro “Zárate, el temible Willka”, para aclarar el papel decisivo de éste y sus huestes a la hora de resolver el conflicto.
“Hombre de mediana estatura, de robustas extremidades, de amplio y elevado tórax de rostro algo redondeado, de pómulos salientes de arcos superciliares un poco pronunciados y ojos vivaces escrutadores; frente estrecha y casi plana, piel morena y cabellos lacios; apariencia de mesurada altivez”, así lo define Condarco. Luis Crespo añade: “inteligente, locuaz y enérgico, poseía una tenacidad a toda prueba y una voluntad arrolladora”.

Utilizó el apelativo Willka que significa título de jerarquía; según el vocabulario de Ludovico Bertonio, Willka es un arcaísmo aimara denominativo del sol. Para Garcilaso de la Vega, ese denominativo era sinónimo de grandeza. José Santos Willka viajaba sentado en un sillón de cardo que cargaban en hombros aborígenes, esa una muestra de que lo reconocían como líder y tal vez algo más.

Unió su vida a Aida Aguilar y tuvo dos niñas y dos varones. Contribuyó a la caída de Melgarejo el 15 de enero de 1871, razón por la que se le honró con el grado de Sargento Mayor del Ejército, permitiéndosele el uso del uniforme. Según Luis Crespo, el líder Zárate era un indio de Umala y su nombre verdadero era Juan Gutiérrez; luego, el propio Zárate dijo ser originario de Sica Sica.
De acuerdo con los escritos de Condarco el propietario de la hacienda de aquellos días ejercía sobre el indio una autoridad omnímoda y castigaba a éste con severidad despótica. El indígena debía barbechar, abonar, sembrar, regar y cuidar las sementeras. Al término el periodo agrícola, levantaba la cosecha, la transportaba a la ciudad, vendía la cosecha y entregaba el producto de la venta al propietario; sus familiares no estaban eximidos de servicios personales que prestar.

Con Mariano Melgarejo se inició el proceso de desarticulación de las comunidades indígenas por medio de un decreto que determinaba que los indígenas se encontraban en condición de enfiteusis (cesión de la tierra) y se ordenó recabar su título de la tierra de manera individual previo pago de un aporte, caso contrario, la tierra sería sometida a subasta pública; muchas tierras comunales fueron subastadas e incorporadas al sistema de hacienda (entre 1866 y 1870).

Por medio de la Asamblea Constituyente 1871 los legisladores anularon la venta de tierras y las usurpaciones devolviéndoles a sus legítimos dueños, la elite nunca considero la opinión de los indígenas en relaciona la realidad nacional y mucho menos con el tema de las tierras, de manera que esa herida todavía sangraba, de manera que cuando Melgarejo huyo al Perú, Zárate lo persiguió con el ánimo de torcerle el pescuezo.

La chispa se enciende en 1898

En este estado de cosas se desarrollo el problema conocido como la Guerra Federal. La Ley de Radicatoria de 1898 durante el gobierno de Severo Fernández Alonso en la que se fijaba como residencia definitiva de la capital de la república a la ciudad de Sucre. Pronto en La Paz empezaron las manifestaciones populares. Existía entre sus pobladores un sentimiento de frustración y descontento, porque se deseaba fervientemente que la capital sea La Paz, puesto que esta se había convertido desde hacía mucho tiempo atrás en la principal ciudad de Bolivia.

Además tenía como mantener encendida esa tea porque escritores y oradores de la talla de Fernando Guachalla, Rosendo Gutiérrez, Serapio Reyes Ortiz y Macario Pinilla entre otros sabían atizar el fuego de la bronca de los paceños y lograron formar el Comité Federal que fue el primer paso para organizar un ejército y declarar la revolución.
Ante esta situación, Fernández Alonso, hombre formado en el seminario, muy amigo del diálogo y que era considerado allegado a los paceños, decidió organizar un ejército constitucional y marchar al norte para sofocar la revolución, pensando que era un problema superable y transitorio. El 8 de enero de 1899 llegó a Viacha. De acuerdo con las investigaciones de Condarco tenía algo más de 11 mil hombres, mientras los paceños tenían 8.500, contaban con mejor armamento pero desconocían el ambiente, el frío los tenía a mal traer y estaba el hostigamiento permanente de los indígenas.

En un momento dado, la necesidad de pertrechos le obligó a marchar a Oruro debilitando su posición en Viacha, otro escuadrón fue a Coro Coro en busca de alimentos y la forma cómo lo obtuvieron terminó por irritar a los indígenas. Alonso quería entrar a La Paz, sin embargo esta ciudad se encontraba rodeada de un infranqueable cerco de indígenas, ya para entonces aliados de José Manuel Pando.

Probablemente, Pando le habría hecho a Zárate una propuesta tentadora, nada desdeñable, además de meterle el miedo encima porque de vencer Fernández Alonso podrían retornar los días aciagos de Melgarejo e incluso peores. Los que siguen el movimiento indigenista escriben lo suyo bajo estos conceptos:

"... Willka -le dijo Pando- te doy el grado de coronel; levanta al indio; destruye al blanco del Sur, (al blanco alonsista). Cuando derrotemos al Ejército Constitucional, yo seré Presidente y tú serás el Segundo Presidente de Bolivia. Y devolveremos la tierra al indio; la tierra que les ha arrebatado Melgarejo".

Las tres exigencias para entrar en la contienda fueron estratégicamente pensadas por Zárate y los suyos se resume en estos puntos: (1) Liberación de los colonos; (2) Participación de los quechuas y de los aimaras en el gobierno y (3) Devolución de las tierras comunales. Pablo Zárate, recibe la propuesta de José Manuel Pando mediante la esposa de éste, Carmen Guarachi oriunda de Sica-Sica y enlace de los liberales con el poderoso movimiento comunero, así se convence a Omasuyos, Pacajes, Sica-Sica e Inquisivi a iniciar el hostigamiento a las tropas de Fernández Alonso.

El entonces presidente se vio entre dos frentes, por una parte, los indígenas amedrentaban a sus fuerzas y por otro lado, Pando paseaba sus fuerzas para confundir el ánimo del enemigo. Gracias a la diligente información de los chasquis indígenas, Pando sabía con exactitud los planes del enemigo.

Por otro lado, los escuadrones del presidente Fernández Alonso, en el afán de conseguir alimentación y pertrechos, cometieron una serie de arbitrariedades en el pueblo de Coro Coro y alrededores lo que provocaría la terrible masacre en el iglesia de Ayo Ayo, donde el escuadrón llamado Sucre conformado por la crema y nata de la juventud chuquisaqueña fue muerto en manos de los indígenas.

La victoria de Pando en la batalla denominada del primer Crucero a fines de enero de 1899, obligó a parte de las fuerzas de Fernández Alonso a replegarse hasta Oruro. El grueso del Ejército decidió atacar a La Paz, pese a no contar con los pertrechos requeridos, pero el Consejo de Jefes sugirió al Presidente replegarse hasta Sica Sica para reordenar la tropa. De acuerdo con el relato de Pilar Mendieta, debido a las circunstancias, el frío clima del altiplano, la mala alimentación y el acecho de los indígenas empezaron a minar las reservas de una tropa débil y cansada.

Mientras Pando convocaba a las fuerzas de Fernández Alonso a unirse a su proyecto federalista, la ayuda indígena a las fuerzas liberales se hallaba desmarcando de las órdenes de Pando tomando su propio rumbo.

A partir del 28 de febrero al 1 de Marzo de 1899 se produce uno de los hechos fundamentales que decidirá el futuro de la contienda, luego de la ejecución de 120 soldados del escuadrón Pando, pertenecientes al ejército liberal en Mohoza.
Esta ejecución es el primer factor de ruptura de la alianza coyuntural entre el ejército indígena zaratista y las fuerzas liberales de Pando, además de ser posteriormente la causa y la excusa (en el proceso judicial seguido a Zarate willka) para seguirle el proceso.

Los indígenas no hacían caso ni a Pando ni a Fernández Alonso sino a Willka. Ante estos acontecimientos, Pando intentó acercarse a Fernández Alonso, pero éste negó cualquier acuerdo.

La batalla decisiva para el triunfo liberal ocurrió el 10 de abril con el llamado segundo Crucero de Paria donde las fuerzas del coronel pando, conjuntamente con las fuerzas de Zárate Willka ganaron a los conservadores que se retiraron a Oruro. Derrotado e imposibilitado de rearmar sus fuerzas, Fernández Alonso decidió marcharse a Chile.

El 12 de abril Pando entró triunfal a Oruro acompañado de Pablo Zarate, en medio de una impresionante multitud en la que se mezcló su ejército con los hombres del caudillo indio. La Junta de Gobierno decidió nombrar a Pando como Presidente interino hasta reabrir el congreso y organizar una convención. Durante varios meses el Gobierno estuvo en la ciudad de Oruro.

La consecuencia inmediata del triunfo liberal fue el traslado de la capital de la República a la ciudad de La Paz, iniciándose la etapa de dominio de este partido. Pronto entendieron los líderes de opinión paceños que la unión con Zárate no llevaría a ningún puerto; tampoco el movimiento gozaba de simpatía en Cochabamba, porque en inicio había una simpatía por Chuquisaca, de manera que el valle solo cayó en manos de los rebeldes liberales entre marzo y abril de 1899, cuando ya las armas estaban casi definidas en el altiplano. Santa Cruz e encontraba distante de los acontecimientos y tenía su propia lucha por buscar su desarrollo porque el sentimiento cruceño generalizado de abandono y marginalidad frente al poder del Estado conservador cambiaría poco con el triunfo de los liberales.

En tanto se multiplicaban las sugerencias a los ganadores de la contienda, para dejar de lado la alianza con Zárate Willka, tal cual demuestran estudios posteriores en los que se refleja mayor cercanía de paceños y chuquisaqueños a la hora de construir el país y las misivas de simpatía mutua que apuntaban a señalar que había que borrar el pasado inmediato y cuidarse del potencial problema que podría representar Zárate.

Una vez llegado el triunfo de la causa Federal, se esperaba que Pando cumpliera todas las promesas adquiridas con Pablo Zárate Willka. No fue así, el 22 de Abril de 1899, Zárate y su estado mayor fueron hechos prisioneros en Sica Sica, con lo que se desbarató la cabeza del movimiento que fue reprimido y disuelto sin contemplaciones. La actitud nada clara se deba quizá al temor a las fuerzas indígenas que comenzaron a atacar las propiedades latifundistas. De esta forma, desde fines de 1899 hasta mediados de 1904, Zárate  permanece en la cárcel de Oruro.

El peligro que representaba la presencia del líder, quedó ahogado en la prisión bajo cargos de sedición de los que al final fue absuelto. Permaneció 4 años en la cárcel de Oruro de donde salió por el amotinamiento del 10 de mayo de 1903, estando en la clandestinidad hasta el día en que fue ejecutado en la hondonada de Chullunkiri en 1905.

Si Pando usó a Willka y sus huestes, éste aprovechó la alianza para desplegar un poder que en condiciones normales no habría podido organizar nunca. El proceso solo se justificaba mirando el pasado y recordando los hechos de Ayo Ayo, Mohoza, la insurrección de Peñas, la amenaza de un cerco sobre Oruro en febrero y marzo de 1899 y las acciones de sublevación en más de una veintena de localidades en tres departamentos del país comunitarios. Pando no había olvidado la ejecución de sus hombres en Mohoza.

En una acción confusa, cuando supuestamente se lo trasladaba desde esa ciudad a La Paz, Zárate fue victimado por los guardias que lo llevaban preso, se aludió intento de fuga. Su muerte sucedió en el sitio denominado Chojllunkeri. No se conoce la fecha exacta de este hecho, pues los informes son contradictorios, lo cierto es que con su desaparición se frenó el movimiento de los indígenas por mejores condiciones de vida.
 
A pesar de que se haya intentado olvidar la figura de Pablo Zárate Willka, la misma queda vigente en la memoria de los indígenas e historiadores. Prueba de ello es que la Subcentral agraria que se formó en el lugar donde nació, Imilla-Imilla, lleva su nombre (Subcentral Pablo Zárate Willka). El aporte de Ramiro Condarco fue vital no solo para entender el tránsito al liberalismo, sino el pensamiento indígena de comienzos de siglo y el deseo de esta nación de ser escuchado como cualquier otro, para gozar los mismos derechos de quienes nacen en este territorio.

Pando había conseguido su propósito: llegó a la presidencia; los paceños obtuvieron la sede de Gobierno y fortificaron su región; los chuquisaqueños perdiendo la guerra, pero  presencia como capital, porque no cedieron todo; el único que perdió fue Zárate, porque cuando repartieron la torta del poder, no quedó nada para él.

Ernesto Murillo Estrada

Páginas históricas (10) Hace 10 meses

                      La suerte de Melgarejo

Había nacido para ser malo porque ni los genotipos ni los fenotipos le favorecieron. Lo concibieron malo y la falta de educación le privó de recibir virtudes. Más o menos eso quiso decir Tomás O Conor Darlach al inicio de su libro “Hechos y dichos” de Mariano Melgarejo, el décimo quinto Presidente de Bolivia

“Un hombre ingénitamente bueno, en quien las pasiones, los instintos sensuales y las tendencias orgánicas habían sofocado los gérmenes de la virtud, que una cuidadosa educación hubiese salvado de un naufragio”, escribe O Connor.

Mariano Melgarejo Valencia nació en Tarata, capital de la provincia Esteban Arce en Cochabamba. Era un  3 de abril del año 1820 en pleno domingo de pascua, de ahí él decía que: “Dios lo había escogido para ser justo, cuando él resucitaba”. Hijo de don Justo Valencia e Ignacia Melgarejo, no fue reconocido por su padre, es por eso que utilizó Melgarejo como apellido paterno.

Los analistas de hoy dirían que a Melgarejo nadie le regaló nada y “todo se lo ganó a pulso”, en tiempos en que para llegar a ser Presidente de la República se requería valentía y fortuna, contradiciendo la aseveración de Maquiavelo cuando en El Príncipe habla de “talento y fortuna”. Melgarejo tenía mucha valentía y le sobraba fortuna, entendiendo que la suerte le sonrió una y otra vez.

Muy joven, Mariano se alistó  al Ejército como soldado raso y con el tiempo se destacó por su carácter  brioso y temerario; fue así que lo ascendieron a Sargento Primero y después de una sublevación llamada la “Revolución de los Sargentos”  se le condenó a la pena de muerte por fusilamiento; entonces un grupo de damas cochabambinas imploraron al General Isidoro Belzu por la vida del tarateño (una dosis de suerte). El general aceptó diciendo: “algún día se arrepentirán de esta acción”, paradójicamente años después, Melgarejo  mató a Belzu, o al menos lo hizo uno de sus partidarios.

“Todos sus ascensos los debió a sus buenos servicios, ninguno al favoritismo de alguna persona. En el trato personal nos dicen los que de muy cerca lo trataron, que era dulce, amable, jovial y atrayente en alto grado; desconfiado y astuto” (O Connor). De manera que había que colegir que el poder le quito varios de esos atributos.

Alcides Arguedas, quien pinta a Melgarejo sin retoques apunta: “Veinte años tenía Melgarejo cuando su nombre aparece con duros caracteres en la historia de Bolivia, pues el año de 1840 se le ve sublevar al batallón legión, al que ingresara hace poco luciendo sus galones de sargento, que los había ganado aún púber, batiéndose bravamente en los campos de Montenegro bajo las orgullosas banderas de la Confederación peru-boliviana, destruida al año siguiente en Yungay” (Caudillos Bárbaros).

Descontento y ambicioso intenta derrocar a Belzu, luego a Córdova y finalmente a Linares. La suerte siempre estuvo de su lado y  uno más otro le perdonaron. “Linares lo confina a la frontera con Brasil, a San Matías, cerca del Matogroso, a más de mil kilómetros de la capital. Lo manda sencillamente a morirse, porque piensa que hombres de su laya no merecen vivir; y la muerte es casi segura en esos bosques vírgenes del trópico, donde el montañés de clima templado o frío ha de defenderse de las fieras e insectos, luchar contra los salvajes”, escribe Arguedas.

Este hombre, que en cualquier otra circunstancia habría dejado el mundo muy joven por sus torpezas o habría pasado como un sujeto anónimo en una sociedad que reservaba poco a los no leídos, aspiraba a la presidencia. Arguedas lo pinta así:

“Ignorante era, indiscutiblemente, pues los azares de su vida no le habían consentido dedicarse al estudio ni nadie entonces, es decir, ningún militar, creía que se necesitase ciencia y experiencia para dirigir los negocios públicos y entenderse en cosas de gobierno; pero poseía algún ingenio y cierta perspicacia que le permitían en determinados momentos dar la impresión de un hombre circunspecto y ávido de ensanchar sus nociones sobre el destino de los hombres y de los pueblos. Sin embargo, no eran raras las ocasiones, de ebrio, en que revelase su ignorancia como cuando, por ejemplo, sostenía que Napoleón era superior a Bonaparte.

En su aspecto físico llevaba marcados los rasgos típicos de su ascendencia mestiza, como el color moreno y pálido; nariz ancha y algo aplastada, ojos de color indefinible entre pardos y castaños medio hundidos en las órbitas y de párpados carnosos y arrugados; labios gruesos y sensuales; pómulos salientes; una frente de simio deprimida y estrecha en lo alto y ancha en su base y luengas y abundantes barbas negras de pelo áspero, salpicada en uno y otro punto en hebras blancas. Su voz es gruesa, áspera y sonora y sale de un pecho robusto, pues es de talla grande y bien musculado”.

El chileno Ramón Sotomayor lo describe de otra manera: “No irradia la luz de una alta inteligencia, ni el prestigio de una gloria militar, sin embargo aparece colosal en el cuadro en que se lo contempla. Alto y bien conformado, cara ovalada y pómulos salientes de raza mestiza o chola, boca grande y labios propensos a contraerse. Al ver la cabeza diminuta y puntiaguda, diríase que no se ha hecho para pensar, tenía barba oscura y ligeramente cana”, describe.

Audacia y ambición no son suficientes para pretender destinos de gobernante; pero entonces en Bolivia eran cualidades que conducían lejos y las que hasta ese día habían distinguido a los mandatarios.

En diciembre de 1864 se hizo presidente con un golpe de Estado a José María Achá. Ya en ese entonces Melgarejo fue conocido como “El hombre de moda”, alto, robusto, conquistador galante y apasionado; enamoraba con Doña Gertrudis Antezana, esposa del presidente Achá.

Tras ser descubierto este amorío clandestino, se despertaron una serie de escándalos en la alta sociedad boliviana, que rápidamente dirigió su mirada con dirección al trío de presuntos implicados. No obstante, esta situación no le importó mucho a Melgarejo, pues estaba acostumbrado a todo tipo de festines, jolgorios y orgias con cuanta mujer podía tomar.

Se sabe que él hacía regalos especiales e incluso mandaba a importar todo tipo de presentes y alhajas desde París, esto como muestra de agradecimiento por las atenciones recibidas de las féminas conquistadas.

Estando en una de sus tantísimas borracheras presidenciales en palacio de gobierno, aconteció un suceso que cambiaría por completo su vida. Ingresó a su despacho una joven adolescente con apenas 18 años de edad, perteneciente a una de las familias aristocráticas y honorables de la alta sociedad boliviana en aquél entonces junto a su madre; un problema familiar embargaba a la jovencita y sólo Melgarejo “amo y señor de Bolivia” podía enmendar esa fatal dificultad.

La inexperta adolescente se llamaba Juana Sánchez Campos, y había acudido con el general Melgarejo para rogar por la vida de su hermano José Aurelio Sánchez Campos, que se encontraba preso y con sentencia de muerte por actos de rebeldía. Momentos después salió de Palacio la madre y se quedó la hija. Mariano, como nunca antes en su vida, quedó total y perdidamente enamorado de la dama, fue así que inmediatamente aceptó la petición de Juana; es más, no sólo se le perdonaría la vida al Capitán Aurelio Sánchez, sino, se le ascendería y sin perder más tiempo al grado de Coronel. Además se le otorgaría un puesto como ministro en el Gobierno de Melgarejo.

El Presidente quedó tan encandilado ella. Ambos quedaron hechizados y esa misma noche Melgarejo la hizo su concubina. Juana no regresó a su casa hasta pasados tres días, la pasión de estos amantes había sido más fuerte que cualquier pena de muerte.

Solucionado el problema del flamante Coronel Sánchez, Juana se quedó en palacio como compañera y mujer de Melgarejo; ella se había convertido en el motivo principal de su vida.

“Casado con una señora honorable a quien abandonó porque su carácter veleidoso y turbulento no se hizo para los goces dulces. En el apogeo de su poder contrajo relaciones con otra mujer a quien amó con delirio”, relata O Connor.

Tenía 44 años cuando asumió el poder y, sea porque metió miedo en el entorno o siempre existen personas serviles, ayer y hoy se rodeó de algunas de las personalidades de la época como el laureado poeta Ricardo José Bustamante, el coronel Castro Arguedas y su entrañable amigo Donato Muñoz a quien Arguedas describe como “abogado de reducida clientela y, como todo abogado altoperuano mestizo, diestro en el arte de la intriga leguleya, inescrupuloso para usar expedientes falsos, intrigante por temperamento, sinuoso y tortuoso en su trato”.

Sea por miedo o conveniencia, literatos y hombres respetables de esos días le brindan su apoyo como Isaac Tamayo que con el pseudónimo de Thajmara se convierte en gobiernista y lo propio sucede con José Rosendo Gutiérrez.

Pasó el tiempo y Mariano continuó con su ritmo gubernamental entre juergas u orgias, pero esta vez acompañado de su leal amante quien se había adaptado al estilo de vida, pues bebía ingentes cantidades de cerveza o brandy.

Ninguna exageración hay en nuestras narraciones advierte O Connor en “Hechos y Dichos”, para narrar las ocurrencias de un hombre ebrio de poder y pasarán durante muchos años los relatos como “A la salud de Holofernes”, “A Francia por el desecho”, “Confianza ni en mi camisa”, “Donde está Melgarejo de nada me quejo” y otros relatos más.

Sin lugar a dudas el tratado de 1867 con Brasil fue uno de los desastrosos actos de su Gobierno. “Las joyas de doña Juana Sánchez, el medallón de Melgarejo, las cintas y cruces de los ministros y negociadores, fueron pagados sin usura con un pedazo de suelo nacional”, pinta Arguedas. “El Brasil obtuvo de Bolivia cuanto propuso y pidió… consiguió en ese tratado retrotraer la línea del punto medio del madera hacia su origen, esto es, de la latitud 6 grados a los 10 grados 20 minutos”. Bolivia perdió 300 mil kilómetros cuadrados en este tratado y el otro con Chile en el que cedió dos grados de latitud en el Litoral. Ambos tratados fueron aprobados por el Congreso.

Entre todo aquello, el Presidente continuaba su mandato encabezando campañas de represión a los distintos sectores que se sublevaban en contra de su gobierno, esto le obligaba el ausentarse del palacio por semanas, situación que empezó a cansar a la joven Juana en quien empezó a enfriarse el amor por Melgarejo. Es más, sofocada por los extraños gustos eróticos de Mariano, pronto terminó aborreciendo al dictador tarateño.

Por otra parte, la dama comenzó a sobrellevar lo anteriormente mencionado ya que la familia de esta, por la relación familiar existente, tenía acceso libre a las arcas del gobierno y rápidamente se hicieron de riquezas económicas inimaginables.

Los Sánchez terminaron haciéndose ricos y poderosos; por eso Juana ahora debía soportar los caprichos y majaderías del General, pues ella era la única que podía calmarlo en sus días de locura y borrachera.

Melgarejo se fue desgastando, innumerables levantamientos subversivos se protagonizaron en el país, especialmente en La Paz; situaciones que demandaban las acciones coercitivas del primer mandatario. La suerte le iba dejando poco a poco y el licor había restado una dosis de valentía de ese cuerpo maltrecho por los problemas.

Mientras ,buscaba remediar tantos levantamientos armados en su contra, había dejado de lado las tantas atenciones a su amada Juana, quien hasta entonces terminó por odiarlo y decidió huir al Perú junto a toda su familia.

Al enterarse de esto, Melgarejo no tuvo más fuerza moral para continuar con su campaña de sosegar a los sediciosos, inmediatamente ingresó en un estado de crisis depresiva y en fecha 15 de enero de 1871 finalmente fue vencido tras una batalla sangrienta encabezada por Agustín Morales.

Tuvo que huir hasta El Alto y desde aquel punto buscar la frontera de Perú; de su ejército de 2.200 hombres “solo cinco llegaron  la frontera sanos y salvos, incluso melgarejo; y es así como los indios, desposeídos de sus tierras, injustamente maltratados, doloridos, se vengaron; y en tanto que el hombre de los destinos curiosos huía acosado y perseguido como bestia dañina”.

Sólo y carente de amor, decidió exiliarse a Chile; no obstante al enterarse del paradero de su amada, cambió su rumbo y se dirigió a Lima. Allá anduvo por meses, solo, olvidado, demacrado y pobre, mendigando el amor de Juana, quien lo rechazaba constantemente y nada quería saber de aquel acabado hombre.

Una mañana de noviembre  de 1872 Mariano se dispuso a suplicar nuevamente el amor de la dama, entonces se dirigió a la casa de los Sánchez. Jugaba su última carta, y de la valentía de soldado sólo quedaba el recuerdo.

Cansado de pedirle al tarateño que deje de insistirle a su hermana, abrió la puerta el Coronel  Aurelio Sánchez y violentamente descargó el tambor de su revólver sobre el decaído y maltrecho cuerpo de Melgarejo, a quien se le había acabado la suerte.

Ernesto Murillo Estrada


Páginas históricas (9) Hace 11 meses

           Olañeta, dos caras de la moneda
La historia lo convirtió en una persona controversial. De Casimiro Olañeta se habla muy mal o se lo hace muy bien. Las opiniones entre los historiadores bolivianos están tan divididas que es difícil encontrar un justo medio. Es que la historia se la va reescribiendo constantemente y no se pueden levantar paradigmas de conceptos sobre las personas, de manera que el libro de Olañeta tiene muchas páginas en blanco, que se la irá escribiendo en el tiempo.

Entre sus detractores están Gabriel René Moreno y Humberto Vásquez Machicado; en el otro bando se encuentran Joaquín Gantier, Charles W. Arnade y especialmente José Luis Roca, cuyos estudios han permitido ver elementos que habían sido ignorados hasta ahora.

Entre ambas orillas corre la historia sinuosa de Bolivia que buscó su independencia desde antes y después del 6 de agosto de 1825. La fue encontrando con dificultades porque del realismo español se pasó a la imposición de los colombianos hasta que se marcharon éstos en 1828, luego los peruanos reclamaron indemnización y compensaciones territoriales, posteriormente los militares bolivianos fueron postergando el verdadero anhelo independentista con sus lucha internas. En medio de esa batalla, emergió la figura de Olañeta, posiblemente con muchos aciertos y otros tantos  errores.

Hombre respetado, temido y admirado, no gozaba de la simpatía de algunos historiadores quienes decían “que el general Belgrano le había tenido a buen recaudo a causa de sus malas artes y peores oficios a favor de los españoles” o “En el Alto Perú Había pérfidos madrugadores del día de la Patria, pero también incontrastables pernoctadores durante las muy penosas tinieblas que duraron desde 1909”. Olañeta tenía la capacidad para estar en el lugar y tiempo oportunos, mientras el resto esperaba el curso de los acontecimientos.

Había nacido en Chuquisaca el 3 de marzo de 1795 y tenía dos apellidos de abolengo de la Charcas Virreinal. A los 27 años pasó a colaborar con su tío, el general realista Pedro Antonio Olañeta, desde esa posición logró relacionarse con unos y otros. En este punto puede haberse generado el inicio de las confusiones.

Olañeta escribió seis folletos en 1840, todos dedicados a combatir las pretensiones territoriales y políticas del Mariscal de Perú, Agustín Gamarra, quien perdió heroicamente la vida en la batalla de Ingavi. Olañeta lo conoció, habló con él, recibió su aprecio y luego su desprecio porque era un obstáculo en sus planes.

Para acercarnos a este personaje habría que seguir una aseveración de José Luis Roca: “En 36 años de prodigiosa e incesante actividad, Casimiro Olañeta había dado forma a la Nación. Con dedos de artífice y alma de titán se elevó muy por encima de sus compatriotas y de su época. Si Bolivia tiene en Olañeta su fundador y su guardián, los nacionalistas tienen en él su inspiración y símbolo.

En cambio Gabriel René Moreno escribía: Su afición a conspirar y destruir el orden existente se mantenía en gran parte de su ineptitud para crear u organizar nada. La incoherencia de sus actos el día de hoy es precursor de su inconsecuencia el día de mañana”. Vaya uno a saber qué daño le causó o qué ofensa infirió Olañeta a Gabriel René Moreno, para que éste descargara su mejor armamento cada vez que se refería al abogado.

Una muestra de su forma de ser y querer a Bolivia es la carta que escribe al Presidente de Perú en 9 de abril de 1840 y que termina a su estilo: “No os disgustéis señor Gamarra al leer mis escritos, que vos mismo provocáis, turbando nuestra quietud, atacando nuestra Patria y complicando su situación difícil por la tiranía de 10 años”.

La conducta de los hombres públicos pertenece al dominio de la prensa, a la historia y a la posteridad, que ciertamente no os ha de ser muy favorable; porque allí no hay gazeteros, pitanzeros, ni ebrios, ni furiosos aduladores de los ahora os llaman héroe, sin merecerlo y salvador de Perú, sin títulos para tamaño y tan honroso epíteto”.

Olañeta fundó Bolivia a su imagen y semejanza dice Blanca Gómez en su tesis de historia eligiendo a este hombre político por excelencia para ver las raíces de la Independencia: “En el momento de firmar el Acta de la Independencia, Treinta de los cuarenta y ocho diputados eran graduados en la Universidad de San Francisco” y “puede suponerse que de los diez y ocho diputados no graduados es posible que unos pocos también hubieran estudiado en la Universidad”.  En medio de ella, dice Arnade, estuvieron “dos caras tales como Casimiro Olañeta, Manuel María Urcullu, Angel Mariano Moscoso y José Mariano Serrano. Casi todos los otros diputados eran gente oscura, desconocida en los anales de la guerra de la independencia y quienes probablemente estaban subordinados a los deseos de los dos caras…” (Arnade).

Habían quedado atrás los Murillo, Bueno, Padilla, Azurduy Méndez y tantos otros que se jugaron la vida y habían pasado a la lista del recuerdo. Aparecieron en escena los que esperaron el desenlace, el capítulo final; los que habían calculado bien. De hecho, cuando Juan Azurduy retornó al país, se encontró con varios de sus perseguidores la frente de los destinos del país.
La vida de argentinos y bolivianos se entrelazaba de muchas maneras. Por ejemplo, Charcas (la actual Bolivia) tenía una representación importante en el Congreso de Tucumán en 1816 y uno de sus representantes, Mariano Serrano, redactó la declaración de la independencia.

Así, cuando Roca escribe sobre Casimiro Olañeta no le parece estar investigando aquí la historia de otro país, sino las raíces comunes de una gran nación. Por otra parte, Bolivia está en el corazón del continente y por ello, se vincula con todos los sistemas geopolíticos y geoeconómicos de la región.
A este país le pusieron el nombre del Libertador Bolívar en un acto adulón y de hipocresía… Tres años después Casimiro Olañeta maldecía: “Libre Bolivia de esa abominable dominación, ha nombrado su Gobierno Nacional y propio, resuelta a sostenerlo a toda costa. Ya no quiere ser el patrimonio de personas, la colonia de otro Estado Americano, la esclava de su política, el pedestal de sus aspiraciones y aborrece el título de Hija Querida”. Lo que no se cuenta es que un gran contingente del Ejército de la Gran Colombia pasaba los días sin trabajar en la tierra liberada por Bolívar, y las quejas crecían, además, que desde el Perú se miraba con ojos nada agradables a colombianos muy cerca de su territorio.

Y el Mariscal Sucre tuvo también su pago de traición según reza el comentario de René Moreno: “Vuelto a Chuquisaca, Sucre fue sorprendido el 18 de abril de 1828 por una revuelta pretoriana a la cual no fueron ajenas ni las intrigas del demagogo boliviano Casimiro Olañeta, influido por Gamarra, ni las de Francisco Ignacio Bustos, ministro argentino en Bolivia… El Mariscal fue herido y cundió la anarquía.

“Bolívar y Sucre tenían en las alturas a Don Casimiro, sin sospechar que a la vuelta de no largo tiempo tendrían harto de qué arrepentirse”, escribe Gabriel René Moreno.

El problema de que si Casimiro Olañeta inspiró a Antonio José de Sucre el decreto de 9 de febrero que marca la creación teórica de Bolivia es ampliamente conocido y fue tema de estudios de más de un historiador. Gabriel René Moreno y Humberto Vásquez, dicen que el único autor es Sucre.

Olañeta siguió en su tarea y logró la confianza del presidente cruceño José Miguel de Velasco, quien asumió uno de sus cuatro mandatos en enero de 1948. En su afán de estabilizar al país con medidas políticas, nombró ministros de estado al general Belzu y al doctor Casimiro Olañeta. “Ambos ministros se ocuparon más de anarquizar el país que de hacer obras de gobierno”, destaca Vásquez Machicado.
Continúa su relato: “Mientras el militar hacía ostentación de suavidad y espíritu conciliador, ganándose prosélitos, el abogado ordenaba prisiones y confinamientos”. El estilo democrático de Velasco no bastó para este sistema y fue derrocado en diciembre de 1848.

La consigna de Olañeta siempre fue “Ni con Lima, ni con Buenos Aires” solamente que eso caía como taladro a los oídos de Bolívar. El historicismo relata que Olañeta ya había redactado el decreto del 9 de febrero antes de que lleguen los libertadores de la victoria de la batalla de Junín, que es muy probable que Olañeta la haya organizado. Sin embargo, la problemática estaba en convencer y seducir a Sucre para la redacción final. Sucre queda maravillado ante la elocuencia de Casimiro Olañeta, por su discurso, la facilidad con la que hablaba. Era un hombre elegante, excelente orador, estadista, filósofo, administrador, abogado y con dominio de la jurisprudencia, astuto, sagaz, un político muy adelantado a su tiempo.

Casimiro Olañeta nació en el Virreinato de La Plata y murió en la República de Bolivia el 12 de agosto de 1860, después de haber intervenido en 36 años de la historia del país. Fue miembro de la Asamblea Deliberante de 1825 y tuvo un rol activo en la creación de las instituciones republicanas, desempeñándose en los tres poderes del Estado: fue ministro varias veces, diputado y presidente de la Corte Suprema de Justicia. Su obra ha sido juzgada con más severidad que ponderación, y es uno de los pocos casos de líderes que, perdonados y apreciados por sus contemporáneos, sufren el castigo de los historiadores.

Estos han juzgado su obra con pasión y, al final, algunos impusieron una imagen despreciable de Olañeta. Es verdad que estuvo en el bando monárquico y se pasó al republicano, pero Andrés de Santa Cruz hizo lo mismo y, como él, centenares, sin que ello sea usado para condenarlos. También sirvió en varios gobiernos y muchas veces conspiró contra los que lo nombraron ministro. Pero dio una explicación rotunda: “sean ustedes leales a las personas si así lo quieren, déjenme a mí ser leal a los principios”, escribió en uno de sus folletos. Y quienes han indagado su actuación, como José Luis Roca, confirman que los distanciamientos políticos de Olañeta se debían más a los cambios de rumbo de los presidentes y caudillos que a sus ambiciones personales. Lo buscaban para mejorar la calidad de sus equipos de gobierno, sabiendo que no era un incondicional y que podía ser un severo crítico y, llegado el caso, un formidable adversario. En reconocimiento a esta conducta, sus coetáneos lo despidieron con honores.

Cuando Bolívar se oponía a la creación de la República, porque incumplía el compromiso con San Martín de respetar los límites virreinales, cuando Sucre dudaba y Santa Cruz buscaba conservar la unidad del Perú, Olañeta aparecía en ese momento de manera decisiva y peleaba con su fina oratoria para que se respetara la voluntad de los pueblos del Alto Perú. Y lo hizo sin ejércitos ni batallas, sino con las armas de la política, las únicas que podía utilizar. Halagó vanidades, presentó argumentos, buscó alianzas e intrigó, es verdad, pero ni mató a nadie ni envió a nadie a la muerte, como lo hicieron los caudillos militares.

Mérito extraordinario es que, en medio de la guerra, Olañeta jugara a la política y lograra sus propósitos. No era el único que buscaba la creación de una entidad independiente que, según algunos historiadores, ya existía de facto. Pero supo reconocer esa entidad en Charcas y consiguió que los demás la aceptaran. Olañeta empleó recursos civiles (civilizados, diremos) para imponerse sobre militares como Bolívar, Sucre y Santa Cruz.

Si se considera la creación de Bolivia como perjudicial para la integración latinoamericana, como creía Bolívar, es comprensible festejar el 6 de agosto ignorando a Olañeta. Pero si, por el contrario, se festeja la fundación de la República con verdadera convicción y se admite que la existencia de Bolivia es necesaria, sería lógico honrar la memoria de Casimiro Olañeta.
Honrarlo nos ayudará a reconocer la importancia de los civiles que lucharon pacíficamente para desarrollar instituciones republicanas, y desnudar el heroísmo improductivo de los caudillos militares, que tantas veces sacrificaron al país, expresa Roca, reivindicando una figura que Moreno y Vásquez Machicado se han encargado de otorgarle las peores cualidades humanas.

DETRÁS DE LA CORTINA
Algunos tratan de mostrar un problema de faldas o rivalidades personales en el camino, la base del distanciamiento entre José Antonio de Sucre y Casimiro Olañeta. Al encontrar la partida de bautismo de un hijo del Mariscal José Antonio de Sucre con Manuela Rojas; en la Parroquia de Santo Domingo de Sucre; luego, la de otro hijo de esta misma dama con Casimiro Olañeta en la Iglesia de San Miguel de esa misma ciudad. Entonces los investigadores hurgaron el cofre de las partidas de matrimonio y nacimiento de estos personajes.

Manuela Rojas, joven tarijeña asentada en La Plata desde los últimos años de la Guerra por la Independencia conoció, en los primeros días de la República, a un personaje a quien admiró, amó y se entregó. De esta relación nació Pedro César Sucre, un 7 de junio de 1828, bautizado a los tres días, el 10 de junio del mismo año. Ese personaje, sin duda el más prominente cautivante e interesante de la época, era el Mariscal de Ayacucho quien, por su parte, cortejó a Manuela aunque sin jamás haber ocultado él, ante Manuela - y ante toda la misma Sociedad que le amaba, respetaba y acompañaba - que ya estaba él comprometido, desde el año 1822, en matrimonio con doña Mariana de Carcelén y Larrea, Marquesa de Solanda, -- con quien después, en la muy breve convivencia que tuviera este matrimonio, en Quito, tuvo una sola hija: Teresa de Sucre.

Año y medio después de la partida del Mariscal Sucre, Manuela tuvo una relación con Joseph Joaquín Casimiro Olañeta Güemes rival político de Sucre. Olañeta continuaba casado con doña María Santiestéban, de la que nunca se divorció. Éste, controvertido personaje de la historia nacional, ocupaba por entonces importantes posiciones políticas pero, sobre todo, contribuyó al establecimiento mismo de la República de Bolivia firmando, junto a otros, el Acta de la Independencia.

Hay que hacer notar que, tratándose de tan altas personalidades, no se puede ignorar que Manuela fue selectiva por cuanto estos personajes y los posteriores progenitores de sus hijos ocuparon, en su mayoría, las más importantes posiciones en la elite de su época. De la relación entre Manuela Rojas y Casimiro Olañeta nació Jano Tañelao bautizado en 1831.

La biografía de Gantier muestra al personaje excepcional que fue Olañeta. Inteligentísimo y provisto de una sólida cultura jurídica, se movía ágilmente entre los hombres y los acontecimientos. Polemista y orador brillante y a la vez agitador turbulento y audaz, tuvo la suerte de actuar en un momento en que el país tenía un ideal concreto y bien definido que cumplir: su independencia. Al servicio de ese ideal puso sus múltiples recursos. Fue, sin duda, uno de los forjadores de la nacionalidad. Pero cuando el ideal se realizó y Bolivia tuvo necesidad de una labor constructiva y creadora, Olañeta se perdió en el laberinto de enredos y supercherías en que era ducho.

Mentía descaradamente, defendía causas que luego abandonaba. Adulaba. Denostaba. Circulaba entre los bastidores de la política, sorteando peligros y rehuyendo responsabilidades. Entusiasmaba a las gentes con su elocuencia y con el brillo de sus escritos polémicos. Sus folletos eran recibidos con entusiasmo y muchas personas repetían de memoria páginas enteras de los mismos. Cuando viajaba, cabalgatas bulliciosas salían a recibirlo a las puertas de las ciudades. Al mismo tiempo, provocaba la indignación pública con sus inconsecuencias y encendía la cólera de las víctimas de sus felonías y traiciones. “A los cincuenta y tres años – dice Gantier – se dejaba ver como un viejo atolondrado. No hacía otra cosa que dar traspiés”. Olañeta no fue un estadista. No aspiró seriamente al poder supremo para el que probablemente no se sentía apto. No fue violento ni cruel. Pero sabía que hasta en la guerra la astucia y las artimañas valen a veces más que la fuerza. Fue un intrigante genial. Y es el prototipo de esos hombres que se sirven así mismos al servir a una facción y que, por lo mismo, corroen las esencias morales de los pueblos, cuya importancia y valor son incapaces de comprender.
Ernesto Murillo Estrada                


Páginas históricas (8) Hace 12 meses

                    Belzu también era mortal

Y un día en el que Manuel Isidoro Belzu Humérez, acompañado por el coronel Laguna, presidente del Congreso y de su edecán, paseaba por el prado de Sucre, fue abordado por un estudiante quien le apuntó al rostro y le disparo; cayó el Presidente de bruces; Agustín Morales que estaba al acecho por ahí, le disparó otros dos balazos en la cabeza y mandó a su caballo a pisotearlo, que con un raro paso evitó tomar contacto con el cuerpo. Dos de los acompañantes de Morales intentaron cortarle la cabeza, pero Morales les dijo: “bien muerto está” y se marchó. Pero Belzu no había muerto.

El historiador Guzmán, testigo del hecho, narró de esta manera esta página que luego la retrató Alcides Arguedas, con esa pluma descriptiva y mordaz, capaz de aumentar volumen a cualquier episodio o difuminarlo entre los hechos intrascendentes.

Seis días más tarde Belzu estaba restablecido. Mando ejecutar a Laguna el 19 de septiembre de 1851, porque presuntamente “había estado de acuerdo con los agresores al intercambiar una seña significativa con los que buscaban su muerte”.

El Presidente estaba convencido de que era un predestinado, que era el dueño del Gobierno, que las multitudes lo idolatraban y vivía con el brazo levantado saludando a unos y otros, es más, empezó a pensar que era inmortal y la silla presidencial era de su propiedad, al menos hasta que la parca terminara derrotándolo.

No se sabe qué ocurrió con el estudiante que le disparó en el rostro. Éste fue uno de los 40 seminaristas a quienes Belzu mandó a flagelar días antes del episodio contado, por haberle hecho “una broma de mal gusto”.

El historiador Rigoberto Paredes pinta a Belzu como un tipo poco comunicativo, reservado en los momentos críticos, capaz de guardar en el interior los más recónditos rencores, y que nunca perdonó el hecho que José Ballivián haya puesto los ojos en  la ilustre argentina doña Juana Manuela Gorriti, para entonces esposa de Belzu y, cartas de por medio, terminó destruyendo la unidad familiar.

Manuela Gorriti aceptó en silencio el destierro en Perú, mientras Belzu fue socavando permanentemente el poder de Ballivián a quien terminó desgastando, de manera que  éste entregó el poder a Eusebio Guilarte, quien solo lució 10 días la banda presidencia, porque Belzu tomó el timón del Estado. Seis meses más tarde, al intentar rebelarse, Guilarte fue ejecutado por sus propios soldados en Cobija.

Arguedas describe a Belzu como “hombre alto, de cutis moreno, barba negra y poblada, y ojos oscuros. Poco o nada aficionado a las solitarias labores del libro. Vanidoso en grado sumo, tenía un concepto alto de su propia persona”.

¿Qué poder de persuasión tenía el arrogante y pálido Manuel Isidoro Belzu, “el Cholo”, como se referían a él despectivamente sus adversarios, “El Tata”, como lo llamaban con reverencia los indígenas, que fue presidente de Bolivia y esposo de la ilustre argentina doña Juana Manuela Gorriti.

En la fragua de las luchas civiles se forjó su osada personalidad y se acrecentó sin medida su sueño de poderío y de justicia social: sentíase un predestinado, un salvador de su pueblo sufrido, harapiento, esclavizado.

Para llegar al poder aniquiló a las guarniciones de Oruro y Cochabamba; en esta última ciudad las masas ejecutaron al rebelde general insurrecto Laffaye y colgaron su cadáver en media plaza.

Belzu, quien sin duda era sincero consigo mismo y con su pueblo, pero que no por eso dejaba de ser dominado por ambiciones de gloria y poder, no pudo lograr, como lo anhelara, la redención de sus más humildes paisanos, los campesinos, por las trabas de las luchas políticas y los sucesivos desquicios de los conatos revolucionarios.

Algo superior debía fluir de su personalidad para poseer un dominio tan absoluto sobre su pueblo, el que, aún después de muchos años de su muerte, lo recordaba con veneración. No en vano, también, la dulce y fina Juana Manuela Gorriti se sintió herida en pleno corazón – en aquel memorable día de Tarija, cuando él pasaba frente al balcón de su casa, a la cabeza de su regimiento – por el dardo del amor, de un amor definitivo y doloroso: el Mahoma boliviano – como lo denominaran en su época – rendido a los pies de la delicada salteña, iniciaba con aquel idilio el comienzo de sus triunfos guerreros y políticos.

Belsu se sintió atraído por la lectura de Joseph Proudhon y quiso aplicar parte de esa doctrina en la inestable República de Bolivia que vivía más de revueltas que de programas de gobierno: Tenía presente el principio del filósofo para quien “la eliminación de la autoridad es una condición necesaria para la independencia. La dependencia es el mal. Hay que empezar, pues, por librar a los hombres del peso de la autoridad que se arroga el Estado”.

Las masas populares lo llamabann incesantemente. De Perú trató de pasar la frontera, pero fue detenido. Por fin logró hacerlo y consiguió sublevar a los mineros y gente de otras poblaciones, a su paso. Se le esperó como a un mesías, como a un salvador, el único capaz de convivir con el pueblo y de desvelarse por su bienestar. Le gustaba codearse con el pueblo y prepararle él mismo la mesa.

En el ruedo de arena, manchado muchas veces por la sangre de los toros y los hombres, estallante de entusiasmo, de la febril locura del alcohol y de los impulsos alegres de la holganza, el nombre de Mahoma Belzu era vitoreado y cantado por la plebe entusiasta y satisfecha.

Llegado al poder acusó a los titulados, nobles y aristócratas de las desgracias del país, entre ellos al odiado Ballivián, así es como justifica el decreto en el que lo declara traidor, le confisca sus bienes y le prohíbe la entrada a la República. Hizo más, desterró a todos sus seguidores  y manda ejecutar al francés Carlos Wincedon, quien llegó al país proscrito del Ecuador y quien supuestamente era agente secreto de Ballivián. Es que la herida personal causada por el vencedor de la Batalla de Ingavi, nunca cicatrizó.

Arguedas recuerda uno de aquellos discursos: “Ballivián ha puesto en problema la fidelidad de todas las mujeres casadas; famoso ladrón de las rentas nacionales, nombró representantes nacionales a sus mejores amigos y partidarios”, expresó en un discurso en el parlamento; acto seguido renunció al mandato simulando un gran gesto de desprendimiento. Naturalmente su renuncia no fue aceptada y lo proclamaron Presidente Constitucional el 6 de agosto de 1850”.

El “Tata Belzu” como lo llamaba la gente, adulaba al pueblo y le arrojaba, desde los balcones de la casa de Gobierno, los dineros públicos. ¡Viva el tata Belzu! lo vitoreaban sus paisanos cuando llegaba triunfante y bizarro después de las derrotas infligidas a sus adversarios políticos.

Manuel Isidoro Belzu, héroe de su pueblo, vivía a la manera de un César en el palacio de gobierno de la ciudad de La Paz, satisfecha su desmedida ambición, sintiéndose señor de su tierra. Las gentes le arrojaban flores a su paso; y sus ministros a cada amenaza suya de renuncia, le pedían que siguiera en el poder. Extrañaba en el alma a Manuela Gorriti, por ello no eligió a ninguna que sustituyera su espacio en un corazón ceñido por la venganza.

En el gobierno de Belzu se intensificó la política del espionaje y la delación, como nunca se hizo más patente la violación de la correspondencia porque adulones hay muchos y en la misma proporción se alinean los que conspiran con la sonrisa por delante y el puñal bien guardado.

El poder termina cegando a los que se consideran eternos, les cambia el carácter, les aleja de sus amigos y termina pervirtiéndolos. A principios de 1852 el militar Juan José Pérez, un hombre pundonoroso, según calificativo de los historiadores, se permitió criticar los abusos de Belzu y éste lo sentenció. Los ruegos de sus seguidores y el llanto de las mujeres le ablandaron el corazón y lo perdonó. El insidioso Olañeta le escribió a su yerno Jorge Córdoba “proclamar en Potosí la soberanía del pueblo”, pero pudo más la fidelidad al suegro. A Melgarejo lo salvaron las matronas cuando tenía la espada de Damocles sobre su cabeza.

Tantos problemas terminaron desgastándolo y sintió que se le escapaba de las manos el hado de la inmortalidad, de manera que prometió entregar el poder tras las elecciones a las que convocó y ganó su yerno Córdova. Había gobernado seis años y ocho meses, entre el 6 de diciembre de 1848 y el 15 de agosto de 1855.

Su invencibilidad concluyó con su asesinato. Un día de marzo de 1865, uno de sus más acérrimos enemigos, Melgarejo, valiente y ambicioso como él, se presentó, acompañado de cinco hombres, en la casa de gobierno, y lo mató ante el estupor de sus amigos que nada pudieron hacer para evitarlo. Esta vez la bala se cercioró que realmente había cumplido su objetivo. Así terminó Belzu, el Mahoma boliviano. No podía ser de otra manera.

Juana Manuela Gorriti asistió al entierro. Una impresionante multitud silenciosa y sollozante siguió el féretro: es el pueblo que él había fanatizado con su verba fogosa y sus desplantes de soldado. Juana Manuela Gorriti, que acudiera desde Lima, sin perder su sin igual entereza, pronunció una oración fúnebre en el cementerio. La argentina enterneció a la multitud y obligó a doblegar la cabeza a Melgarejo, al propio matador; tal fue el poder fascinante y doliente de la palabra emocionada de una mujer que nunca había dejado de amarle.

El Mahoma boliviano, por muchos años, fue recordado y llorado por los cholos, quienes vieron en él al único hombre capaz de redimirlos, al que hablaba en su lenguaje y compartía con ellos en los momentos más simples de la vida.
Ernesto Murillo Estrada


Páginas históricas (7) Hace mas de un año

                    Apetito desordenado de poder

El coche tomó la empedrada y sinuosa calle Kollasuyo y empalmó  con el final de la avenida Naciones Unidas, ingresó al sector del aeropuerto y Víctor Paz respiró tranquilo porque el avión que lo esperaba para viajar a Lima estaba en la pista. El chofer de apellido Aguirre matiza su relato contando que al coche blindado le dispararon una ráfaga en medio camino.

En la ciudad se combatía, los vuelos rasantes de los aviones metían miedo, desde el interior de estos las ametralladoras escupían pólvora para depositarlos en el cerro de Laikakota, allí estaban los fieles al régimen disparando sus fusiles. Los inmediatos colaboradores del Gobierno tomaban buen recaudo y buscaban asilo en las embajadas, mientras en algunos barrios, los llamados milicianos, recibían palizas, en venganza por los abusos cometidos por éstos en los días en que bebían el elixir del poder.

El 4 de noviembre de 1964, Víctor Paz Estenssoro ponía fin abrupto a su tercer mandato, porque la miel del poder solo le había durado 89 días y aceptó a regañadientes que alguien se sentará en la silla presidencial que entonces tenía su sello.

Santo Tomás habla de “aquel deseo desordenado de elevarse en honores y dignidades como cargos o títulos, solo considerando los beneficios  que le son anexos”, ese apetito desordenado de poder se había apoderado del tarijeño de hablar “cantadito” y rostro adusto, aunque tenía expresiones graciosas para los amigos.

Solo Dios puede quitarme el poder que me dio, había advertido en 2008 el más antiguo jefe de Estado de África. Hoy Robert Mugabe, tiene 83 años y 33 de ellos en el poder. Probablemente su historia corra en forma convergente a la de Víctor Paz Estenssoro, quien postergaba cualquier otra decisión por tener el poder del país.

"Si Fujimori hubiera hecho un año de emergencia (en la época de la violencia política), quedaba en la historia como el que paró la inflación y detuvo a Abimael Guzmán (líder subversivo); pero sucumbió al apetito del poder, y déjenme decirles que yo también padezco del apetito del poder", dijo Alan García, otra víctima de ese apetito desordenado.

En horas de la tarde de ese 4 de noviembre, el panorama se había aclarado; la revolución al frente del entonces vicepresidente René Barrientos Ortuño había triunfado; la emisora del Estado dejó de emitir sus proclamas a favor del MNR, mientras parte del pueblo paceño buscaba los domicilios de los llamados “jerarcas del movimientismo” para saquearlos.

Desde Lima, Víctor Paz decía “no me preocupa mi posición personal despojada de poder; me preocupa el futuro del país. El fracaso y la caída no vulneran al MNR y su futuro”. Hablaba el hombre golpeado y con bronca por lo sucedido.

En el libro editado en 1999 y que lleva el título “Conversaciones con Víctor Paz”, escrito por Eduardo Trigo O Connor, el expresidente reflexionaba sobre aquel 4 de noviembre, con la serenidad que da la tranquilidad de la vida sedentaria.

“En los últimos días de octubre se produjo un disturbio en La Paz que fue sofocado por las milicias campesinas, pero al aproximarse el Día de Difuntos, los milicianos se replegaron a sus lugares de origen para la recordación de sus muertos, con lo que la defensa del orden público resultó debilitada.

En Cochabamba se produjo un levantamiento militar encabezado por el vicepresidente Barrientos, que conspiraba con el general Alfredo Ovando Candia, quien simulaba ser absolutamente leal al Gobierno.

El 4 de noviembre –continúa Paz en su relato-  se hicieron evidentes las posiciones castrenses, quedando reducido el mecanismo de defensa del régimen solo a las milicias del MNR localizadas en el cerro de Laikakota. Ante esta situación que ya era insostenible, viaje con mi familia en un avión de la Fuerza Aérea Boliviana; me acompañó el edecán Mario Eguía Achával.

Con el golpe militar Bolivia sufrió un retroceso en el ejercicio de las prácticas democráticas anulando mediante la fuerza, la libre expresión de la voluntad popular.

En una visión retrospectiva de los acontecimientos del año 1964, aunque había un sustento jurídico, pienso que fue un error ir a la reelección aceptando la postulación de mi nombre para la Presidencia de la república. No creí  que fuera tan profundo el sentimiento contrario a la reelección presidencial. Otro error que cometí fue la inexacta apreciación de las cualidades éticas de las personas que elegí como depositarias de mi confianza. Por su propia naturaleza el poder político encierra factores de fuerza y, a la vez, de fragilidad”.

A grandes zancadas

Para don Víctor, como lo llamaba sus amigos, la vida había pasado vertiginosamente. A los 15 años había salido bachiller; a los 20 ya era abogado y a los 35 diputado por Tarija. Cuenta Augusto Guzmán en su libro “Víctor Paz” que muy joven “simpatizó con Busch y se incorporó al grupo que lo rodeaba en su ascenso espectacular. Con Busch fue presidente del Banco Minero; con Peñaranda, ministro de Economía y el 7 de junio de 1942 decidió fundar con sus amigos de ideología el MNR”.

De aquel primer grupo en el que se encontraban, José Cuadros Quiroga, quien  redactó las bases y principios; Carlos Montenegro quien le dio al partido la línea  ideológicas que necesitaba, Hernán Siles Zuazo, Walter Guevara Arze, Augusto Céspedes, Fernando Iturralde Chinel, Armando Arce, Rafael Otazo Vargas,  Germán Monroy Block y otros.

Para las elecciones de 1943, el MNR llevó a Víctor Paz como candidato habiendo obtenido 13.000 votos frente  a los 44.700 de Enrique Hertzog y 44.300 de Fernando Guachalla. En las elecciones de 1951 ganó el MNR con 54.049 votos al candidato del PURS Gabriel Gozálvez que había obtenido 39.940 y Bernardino Bilbao de FSB llegó a 13.180 votos.

Pero al MNR no le entregaron el poder. Quedó al frente del país una Junta Militar, hasta que el 9 de abril de 1952, triunfo a revolución que dejó 500 muertos. Hernán Siles, fiel a sus principios esperó que llegara Víctor Paz, el 15 de abril, para entregarle el sillón presidencial. Qué paradoja, el avión que lo trajo estaba conducido por el joven militar René Barrientos Ortuño.

La Reforma Agraria, Nacionalización de la Minas, el Voto Universal y la reforma Educativa fueron las medidas que buscaron cambiar la identidad del país. Junto a ello vino el nacimiento de la Central Obrera Boliviana, la creación de milicias mineras y campesinas, el cierre del Colegio Militar, más la baja de más de 500 oficiales, herida que no sanaría por muchos años.

Los que mandan

Paz se adueñó del centro de la mesa, era el que decidía en los momentos clave, tenía tiempo para discursar y hasta para pasear en los hombros de sus milicias por las calles empedradas de La Paz con el rostro sonriente y saludando con la “V” de la victoria.

Los ideólogos habían quedado en el camino porque  al frente de la conducción de la Revolución quedaron no más de cinco personas: Juan Lechín Oquendo, quien se había sumado a la revolución a  último momento tenía sus propios méritos. Solo él sabía manejar a los mineros, solo él sabía enardecerlos y apaciguarlos. Entró en el primer gabinete, fundó la COB. Era un rival peligroso y había que mantenerlo en línea.

Wálter Guevara era el intelectual del partido. Estudioso y asimilador recibió el título de “teórico del partido. Guevara no era rival del presente, pero era un futuro aspirante. Paz lo tenía controlado en la tarea de Canciller e invitándolo a sus viajes.

Hernán Siles se había destacado por su aplomo; en 1949 ya era el responsable del golpe; no era rival, pero podía ser el sucesor en algún momento por hidalguía y consecuencia. Víctor Andrade era otro de los potenciales aspirantes, pero no estaba en el país y había recibido gustoso el cargo de embajador en Estados Unidos.

Para las elecciones de 1956 la VII Convención del MNR eligió como candidatos a Hernán Siles y Ñuflo Chávez, porque se quería dar participación al oriente y ampliar las bases del partido. Víctor Paz decidió aceptar todas las invitaciones seguir a distancia el proceso y estar atento a las correcciones que las necesidades urgían.

Paz Estenssoro aprovechó esos cuatro años de paréntesis para viajar  por Japón, India y luego pasar a  Londres para asumir las funciones de Embajador de Bolivia; desde allí pudo viajar al menos a una decena de países. Pocos sabían de sus andanzas, sus detractores señalaban que “el Mono se gastaba las libras esterlinas en sus viajes”.

“Al llegar a Bolivia, después de la misión diplomática que se me confió en la Gran Bretaña encontré dos corrientes partidarias: una encabezada por Walter Guevara que creía que el siguiente periodo gubernamental le correspondía a él y la otra, de la que me había sido un adelanto, en la visita que me hicieron en Londres, Juan Lechín y Arturo Fortún, quienes propiciaba mi nombre a las elecciones de mayo de 1960”, cuenta Paz, relatando aquella etapa de su vida.

En ese paréntesis, Falange Socialista Boliviana empezó a ganar terreno en las ciudades, aunque no captaba totalmente el descontento expresado en las carencias económicas de gran parte de la población. En uno de sus intentos por arrebatar el poder al MNR perdió a su líder Óscar Unzaga, y al quedar sin líder adoptó el papel de socavar la imagen del Gobierno a través de su periódico “Antorcha”.

Cuando la VII Convención proclamó el binomio Víctor Paz – Juan Lechín, empezó a resquebrajarse la estructura interna y el espíritu de bloque del partido, de manera que Walter Guevara fundó su propio grupo: el Partido Revolucionario Auténtico (PRA).

El descontento en diversos sectores sociales condujo al partido de Gobierno a adoptar medidas represivas, se abrieron campos de concentración en las minas y el altiplano, se limitó el derecho a la protesta y apareció la singular figura de Claudio San Román, un coronel de Policía con carta blanca, con pocos escrúpulos, escasos argumentos para el diálogo y eficaz a la hora de sembrar el miedo. Llevaba la batuta del control político.

Todo color de rosa

Con todas las cartas a su favor, la papeleta rosada del MNR recibió el respaldo de la ciudadanía con 782.202 votos seguido por el PRA de Guevara con 139.713 votos  y FSB llegaba a 78.963. Sin embargo, no eran tiempos de bonanza y el país era dependiente.

“Había instituciones como la Corporación Minera de Bolivia, Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos, la Caja Nacional de Salud y los ferrocarriles, confrontaban problemas que requerían con urgencia la atención del Gobierno; en unos casos los fallos se debían a la indisciplina laboral; en otros era el resultado de la adopción de políticas con una pretendida tendencia social que no correspondía a la realidad, tal la situación de YPFB que vendía sus productos a precios subsidiados. Para la minería se formuló el llamado Plan Triangular, con la ayuda financiera de Estados Unidos, la República Federal Alemana más el Banco Interamericano de Desarrollo”, recuerda Paz.

Paz había sacado el paraguas protector del futuro, e manera que hizo cambiar la Constitución Política del estado aprobando la reelección del Presidente. Para entonces Lechín empezó a tomar distancia y formó el Partido Revolucionario de la Izquierda Nacional (PRIN), mientras Siles empezaba a mostrar su disgusto con declaraciones y pregonando la unidad del partido.

Había que buscar al Vicepresidente lejos de los amigos de la primera etapa revolucionaria y cerca de las necesidades del MNR. “Sus sueños de grandeza, de libertador económico hizo que se aprobara en la IX Convención el binomio Vítor Paz – René Barrientos Ortuño; éste había sido elegido porque su ascendencia sobre la clase campesina había crecido tanto que se hizo el milagro de la pacificación en las zonas más conflictivas”, relata Augusto Guzmán.

El MNR ganó estas elecciones para el periodo 1964-1968 con 1.114.717 votos frente a 12.245, un partido creado para justificar las elecciones. Los partidos de Guevara, Lechín y la propia Falange habían desistido de asistir a los comicios.

Víctor Paz tenía cuatro años por delante, hacía planes para superar la economía, le entusiasmaba el crecimiento del Producto Interno Bruto al 8%, pero empezaba a tener un dolor de muela llamado Barrientos que le pedía mayor presupuesto para la vicepresidencia, seguridad porque era víctima de un par de atentados, mejores condiciones para determinados sectores, y pronto empezó a hacer giras por el país centrando sus actividades en Cochabamba, desde donde le escribía a Paz Estenssoro, quien no había tenido en el partido a personas contestatarias.

Finalmente, cuenta Mariano Baptista Gumucio,  René Barrientos Ortuño le escribió una carta al presidente Paz desde Cochabamba en la que le decía “Ya no puedo contener en ésta las reacciones populares. De lo que se trata es de evitar la sangre, nada más”. Al día siguiente, las fuerzas del Vicepresidente empezaron la revuelta. Alfredo Ovando Candia le abrió la salida y Víctor Paz no quería seguir el camino heroico de Villarroel. Escapó en forma apresurada, algunos dicen que se vistió de chola para no ser reconocido.

Eligió Lima como el lugar del destierro porque conocía al presidente Fernando Belaunde. La población estaba irritada, más cuando visitó la sanguinaria casa de San Román, hoy convertida en centro educativo en la zona de Sopocachi. El ciudadano común repetía: no va a volver nunca más”, “por fin nos libramos del tirano”, pero Víctor Paz repetiría años más tarde una expresión que se la acuñó como suya: En Bolivia, todo pasa y nada pasa. Tenía razón, 21 años más tarde sería elegido Presidente una vez más.

Ernesto Murillo Estrada

Páginas históricas (6) Hace mas de un año

La tarde se había puesto a tono con el momento, gris intenso, ni un atisbo en el horizonte del habitual color celeste. Vaya uno a saber porqué los fotógrafos prefirieron captar la fotografía del matador y no del espartano, dequien había agotado en cancha sus últimos esfuerzos.

Montenegro a los 27 del segundo tiempo había anotado el gol de la victoria de Universitario con un remate que dejó sin chance al portero Verduguez, para él fueron todas las placas. En los 18 minutos restantes Bolívar atacó como el león herido que busca una presa a la que no divisa. Era el equipo desordenado con pocas ideas y mucho corazón al que los minutos devoraban. Cuando el árbitro decretó la conclusión del partido, los jugadores de la Academia quedaron paralogizados, mientras en la tribuna los hinchas pedían explicaciones y buscaban culpables. Era el 29 de diciembre de 1964, Bolívar, antes de cumplir los 50 años, había bebido ese día el licor más amargo  en su vida institucional.

Los de Universitario que habían ganado el partido 2-1 festejaban el triunfo como si se tratase de la obtención del título, entre sus dirigentes se encontraban Mauro Cuéllar y Félix Romano. ¡Qué paradoja!, luego serían dirigentes de Bolívar en sus días celestes.

Bolívar fue languideciendo desde el inicio del torneo de ese año. Como el jugador empedernido frente a la ruleta hizo varias apuestas, pero no era su año, fue perdiendo hasta la última ficha. En el inicio del certamen alineó a un equipo joven, porque Víctor Agustín Ugarte, tras 16 años de servicio había dejado entender que el fútbol se había acabado para él y hasta recibió un homenaje en el estadio junto a sus dos hijos el 28 de abril de 1963; Mario Mena, el gran goleador también dio un paso al costado y se animó a ser entrenador del equipo; Edgar Vargas había dejado el mando del medio campo dos años atrás, Ramiro Blacutt estaba en Europa; Ramon Guillermo Santos fue a jugar sus últimos partidos a Litoral y hasta el goleador Raúl Gutiérrez se fue a 31 de Octubre porque ya para esos años, las entidades estatales compensaban mejor a los jugadores y fútbol no solo era el amor a la camiseta. En resumidas cuentas, la Academia se había quedado sin equipo.

Para el primer partido alineó a un equipo joven, de manera que recibió el primer revés. 7-3 fue el resultado de aquel partido ante Always Ready. Como en el fútbol hay revancha, los celestes olvidaron el debut, aunque en el rol de partidos le cayó el bien armado equipo de Unión Maestranza que le aplicó un 3-1. Para el tercer partido se habían curado las heridas, se prometió la recuperación, el equipo se entrenó tres días a la semana, para enfrentar a Chaco, que también venía de dos derrotas consecutivas. Aquel domingo, los bolivaristas llegaron al estadio con la seguridad de que la mala racha terminaría; además Ugarte había decidido a dar una mano al equipo de sus amores y volver al fútbol, pero la derrota 1-0 a favor de los albiverdes dejó a los celestes en la última posición. Había que preocuparse porque el equipo era pobre defensivamente, no tenía armador en medio terreno y los delanteros hacían sus primeras armas. El equipo tenía a Verduguez en el arco, Luis Sosa, Rivero y Wills en la defensa; Villarroel Villegas y Ugarte en el medio terreno; Coronel, Games, Costa y Condori en el ataque.

Entre los dirigentes Prada, Palza, Elío y Meruvia decidieron  no tocar el equipo. “Como al coche hay que darle tiempo para que la máquina se asiente”, apuntó el último. Y así fue. Bolívar derrotó en la cuarta fecha a Universitario 3-1; celebraron los jugadores, hubo lágrimas en el vestuario y hasta la prensa le echó unas cuantas líneas de alabanza para señalar que “Ugarte le dio confianza, aplomo y seguridad al equipo”.

Para entonces Ugarte cumplía además de la tarea de futbolista la de director técnico de Central Chuma y resultó expulsado por una protesta cuando dirigía al equipo que tenía la casaca similar a la de Boca Juniors, por lo tanto lo suspendieron y la sanción se extendía al jugador de fútbol, de manera que no podía jugar el clásico del domingo siguiente. Protestaron los celestes, enviaron su queja a la Federación, pero  “El Maestro” no jugó, aunque llegó la noticia que el paraguayo Mendez Paiva alternaría en la defensa. Una buena y otra mala. “Hay mala fe en la Asociación, algo tienen contra el gran Bolívar”, protestó uno de sus dirientes al matutino Presencia.

The Strongest tenía el mejor equipo del momento, era el candidato al título y el favorito para ganar el clásico. Y atacó  toda la tarde, pero no pudo abrir la cerrada defensa celeste que había colocado un candado de los más gruesos. El cero a cero lo festejaron los celestes, le dedicaron el punto a Ugarte quien lloró en los camarines, mientras los atigrados no entendían como el argentino Bonano había perdido tres goles cantados ante Verduguez.

La derrota frente a 31 de Octubre por 2-1, pese al golazo de Ugarte y el tibio empate con Municipal 2-2 dejaron a la Academia en el último puesto al cabo de la primera rueda con 4 puntos producto de una victoria dos empates y cuatro derrotas. Había que hacer algo, porque “algunos mal agoreros hablaban de descenso”.

Bolívar decidió gastar lo poco que tenía en sus ahorros para traer a dos argentinos que venían de Racing a precio de oro. No importaba los medios, había que apuntar al fin, aunque había que endeudarse. Mattera un puntero derecho y López un mediocampista llegaron el 9 de octubre y los celeste tuvieron que enviar 500 mil pesos argentinos para que los argentinos cumplieran su papel de mesías de la entidad.

Para el partido frente a Chaco, sólo jugó López, porque Mattera estaba habituándose, de manera que Chaco le ganó por 3-1 y luego Always Ready le repitió la dosis con un contundente 4-1. Para entonces los celestes se preguntaban: ¿a quiénes hemos traído? Los argentinos, que venían precedidos de buenos pergaminos no aportaban nada. Luego se supo que Mattera había llegado lesionado y López había dejado de jugar un año por problemas personales. Para colmo de males  por expulsión y problemas en ese partido motivaron la suspensión de Mattera un partido, tras haber dado un puntapié al rival; a Ugarte le dieron cuatro partidos por reclamos airados e insultos y también suspendieron a Verduguez, Rivero, Sosa, Costa, Mendez Paiva; además le quitaron a Bolívar la recaudación: En otras palabras, le dieron una tunda en el suelo. Estaba claro que en la Asociación de Fútbol de La Paz, no le tenían mucho aprecio a los celestes.

En el partido contra Municipal, la Academia presentó un equipo integrado por jugadores juveniles, más dos titulares. Esos once dejaron la piel en la cancha, corrieron los 90 minutos, pero la experiencia de los de Municipal tenía que salir a flote y así fue. Ganó el equipo guinda 2-1 y parecía que el camino se acortaba. Entonces surgió el pedido ante el Consejo de la AFLP. No se podía seguir dando ventaja, se sentía una animadversión contra la institución, de manera que se solicitó permiso por el resto de la temporada. No hubo tal permiso.

Quedaba un último recurso: apelar a la federación con sede en Cochabamba. Esta entidad le dio la razón en parte, dejó sin efecto las suspensiones, pero le obligó a seguir jugando. Bolívar contó lo que tenía en mano y sólo le quedaban tres partidos para salvarse. Tres fichas eran pocas, mientras el resto tenía más. Always Ready y Universitario eran los rivales a vencer y también candidatos al descenso.

Y llegó el clásico. Los aurinegros necesitaban la victoria para llegar al título, los celestes querían salvarse del descenso. El equipo de Ugarte empleó lo poco que tenía, pero ganas nunca le faltaba de manera que el partido se encaminó al cero a cero, hasta que llegó el gol atigrado. Entonces afloraron  nuevos reclamos de los celestes; éstos le pidieron al juez que expulse a un atigrado como antes, por una falta similar expulsó a López, como no hubo respuesta favorable, los jugadores de Bolívar abandonaron el campo de juego y el árbitro decidió concluir el cotejo cuando quedaban 11 minutos por jugarse. “Por reglamento ganó The Strongest”, dijo.

Otro problema para la Asociación, algunos de cuyos dirigentes quería quitarse esa papa caliente que significaba tener a Bolívar reclamando. Como se avecinaba la tormenta, el caso fue a parar a la Federación que ordenó concluir los 11 minutos que faltaban sin público y con la sola presencia de la prensa en las graderías.

Lo que restaba se jugó a media semana y, para sorpresa de todos, el delantero Condori clavó el balón en el ángulo de la portería que defendía Soliz decretando el empate que Bolívar lo defendió con un hombre menos con uñas y dientes. El empate le daba un respiro, porque si en el próximo cotejo vencía a Universitario y luego sacaba un punto en su último encuentro se salvaba del descenso.

Con los nervios de punta, con la ilusión almacenada en el corazón llegaron los hinchas de Bolívar al partido. Los de la “U” que no eran pocos cantaban “Para ganar a la UMSA tienes que ser muy machito…”. Se jugó el partido a cara de perro, con el puñal en la boca y la primera herida la marcó Universitario con el gol de Barboza a los 19. Para Bolívar no había otra alternativa que ganar, porque daba lo mismo perder por uno, dos o tres goles de diferencia, Así llegó el empate a través de Villarroel a los 38 y también llegó la lluvia.

Universitario quería que se suspendiera el segundo tiempo, Bolívar no quería, porque esa era su tarde: victoria o muerte gloriosa. Bolívar atacaba con todo lo que tenía, con todo lo que le quedaba, pero al frente tenía a un rival experimentado que parecía tener como aliado al campo anegado, hasta que el juez decretó la suspensión del cotejo a los 27 minutos del segundo tiempo.

Los restantes minutos se jugaron el 29 de diciembre, a media semana, en una tarde gris, cuando el clima se asocia a mirar el retrovisor de la vida y recordar las jornadas del equipo que había nacido para ganar, las tardes de Mario Alborta, el K’ullu Baldellón, el “Durito” Durandal, don Mario Mena, el colosal flaco Santos, las tapadas de Rico, las victorias frente a Millonarios y Rott Weis, pero de pronto el hincha despertó del sueño con aquel estilete en el corazón tras el gol de Montenegro a 18 minutos del final que pasaron rápidamente, porque ese día hasta el reloj pareció estar en contra de Bolívar. No había nada más que hacer. Faltaban dos días para el Año Nuevo; había que dar vuelta la página y pensar en la “operación retorno”, en días mejores, porque se aprende más de los tropiezos que de los aciertos.

Ernesto Murillo Estrada

             Tabla de posiciones 1964 
EQUIPO             PJ    PG     PE     PP    GF    GC    PTS
The Strongest  14      9       4        1     34    14      22
Municipal            14     7       4        3      28    18     18

31 de Octubre   14    8       2        4      32    22     18

U. Maestranza    14     6      1        7      26    36     13

Chaco Pet.          14     5       2       7      29    28     12
Always Ready     14      5       1       8      24    27    11
Universitario       14      5       1       8       26    42    11

Bolívar                  14     2       3       9       24    36      7

 

Páginas históricas (5) Hace mas de un año

           Calamarca, un oscuro caso

El cadáver de Juan Márquez Gonzales se encontraba reclinado contra un muro; Plácido Jaldín, el chofer de la camioneta, había sido acribillado en el asiento delantero de la camioneta y, junto al cauce del río, estaba la tercera víctima: Pedro Condorete quien, aparte del tiro de gracia, había recibido un ‘planchazo’ en el pecho.

La Policía llegó al lugar del hecho un día después, cuando los asaltantes ya contaban el dinero y la avidez empezaba a hurgar las entrañas de cada uno de sus integrantes.

La camioneta con la remesa de dinero (2.800 millones de bolivianos) había salido de oficinas de la COMIBOL el viernes 28 de julio de 1961 a las 12.20 y debía estar en Oruro cinco horas después. Como la camioneta roja no llegaba hasta altas horas de la noche, empezaron a surgir dudas y ganaba cuerpo la intranquilidad. De hecho cabían tres posibilidades: que la camioneta hubiese sufrido un desperfecto mecánico, de manera que necesitaba asistencia mecánica, en cuyo caso ya debían haberse comunicado por teléfono; segundo, que la avidez se hubiera apoderado de los remeseros, de manera que éstos habrían tomado un  destino y huido con las 10 maletas llenas de dinero y, la tercera, que hubiesen sido asaltados en el camino.

La comitiva de investigación salió al día siguiente y encontraron en inmediaciones de Calamarca al vehículo ametrallado, los tres funcionarios de COMIBOL muertos y el vehículo había sido sacado de la vía para estacionarla  a 30 metros en un lugar escampado.

“En un solitario paraje ubicado aproximadamente a 50 kilómetros de La Paz, cerca a la población de Calamarca, sirvió ayer de estratégico escenario para uno de los más sensacionales atracos que registra la historia delictiva en el país”, se leía en el comentario central del periódico La Nación que abrió su edición ese domingo 30 con esta noticia a seis columnas y en dos reglones.

El citado medio, de propiedad del Gobierno del MNR, tuvo la oportunidad de ir al lugar del atraco junto a la Policía y mostró las fotos de los asesinados y de una de las maletas abandonadas en el lugar. Los atracadores habían colocado unos tubos de cemento en la carretera para frenar la marcha de la camioneta con la remesa y luego de ametrallaron al conductor para robar la remesa.

En aquel momento se creía que el grupo delincuente era extranjero o “un grupo político que tenía planeado un golpe de esta naturaleza desde hacía tiempo”, como sostenía el periódico oficialista. El gobierno de Paz Estenssoro,  estaba empeñado en ese momento en descalificar a sus otrora amigos y ahora contrarios Juan Lechín, Wálter Guevara, Hernán Siles y Ñuflo Chávez entre otros, de manera que no se pronunció sobre el ‘sonado robo’.

Mientras la Policía intentaba encontrar una pista segura, los delincuentes tuvieron el tiempo suficiente para cargar nueve de las 10 maletas y llenar dos bolsones con el dinero de una de las petacas que abrieron a tiro. “Nos vamos a Argentina y rápido”, dijo el Jefe de la banda, pero el cerebro del grupo le dijo que se tranquilizara, ya que sin precipitarse podrían retornar a La Paz. Así lo hicieron. Dos de los cinco integrantes  se cambiaron inmediatamente su ropa de reglamento y como policías pasaron sonrientes el puesto de control de El Alto para dirigirse a la casa de uno de los cómplices en Següencoma. Allí los esperaba un largo trabajo: contar el dinero.

La Policía sabía que el grupo era violento, que actuaba rápidamente, contaba con un medio de transporte y estaba armado. Ante la emergencia nombró como jefe de diligencias al capitán Federico Kaune y al teniente Emigdio Beltrán para que empezaran las investigaciones, junto con ellos trabajaba el Comandante de Brigada, Luis Gayán Contador, quien dos meses más tarde fue detenido por tráfico clandestino de cocaína.

Los datos de supuestos testigos extraviaron aún más a los investigadores: “Eran rubios, estaban enmascarados”, dijeron viajeros que aseguraron haber visto el asalto desde un camión que pasaba por aquel lugar.

En los siguientes días los comentarios de los medios y las radios daban noticias alentadoras: “están a punto de caer”, se los sigue por aire y por tierra”, “son buscados los prófugos”, “por seguridad no se pueden dar informaciones”, “se debe tener una reserva necesaria”, “están tras la pista segura”…

De hecho, tres días después del suceso, un avión peinó la zona como si los atracadores se hubiesen dado la tarea de escapar a pie y con las maletas a cuestas. Había que mostrar a la población que el Gobierno y la Policía no se ‘dormían en sus laureles’

Como las investigaciones no avanzaban y los días pasaban, el Ministerio de Gobierno ofreció una recompensa de 100 millones de bolivianos a quien diera datos sobre el caso. La única pista que se tenía eran nueve maletas con el grabado de la Comibol y dos rubios.

Los 2.800 millones robados representaban en aquel momento mucho dinero. Un par de calzados costaba 60 mil bolivianos y se podían comprar con ese dinero 50 mil pares. Un maestro ganaba entonces 350 mil bolivianos y para tener 2.800 millones debería trabajar 400 años. Aunque en aquel momento la suma robada tenía un equivalente de 240 mil dólares, con aquel dinero fácilmente se podría comprar un centenar de casas; basta citar que el premio mayor de la Lotería en 1961 era de 200 millones de bolivianos.

A CONTAR EL DINERO
Hugo, el jefe del grupo, lanzó la arenga: “nada de gastos grandes, ni derroches, ni estar hablando por ahí: entendido. Ya habrá tiempo para gastar, para eso tienen un adelanto. Seguramente van a buscar a quienes gastan el dinero a lo loco”. Todos asintieron, porque de promesas vive el hombre.

Hugo Fuentes Zelada era el jefe del grupo delincuente. Tenía 31 años y ostentaba el grado de capitán de la Academia de Carabineros. Le gustaba mandar y ser obedecido; varias diferencias las había superado a punta de golpes. Había sido campeón nacional de la categoría Mediano y quienes lo vieron pelear en el coliseo de la Unidad de Bomberos, en la Pérez Velasco, aseguraban que pegaba duro a sus oponentes, también había incursionado en el ‘cachascán’ y salía al ring con una capa negra y máscara del mismo color; de manera que lo admiraban los de grado inferior, le tenían miedo y colocaban distancia sus colegas y se ganó cierta bronca entre los de grado superior, porque era prepotente y maleducado. De complexión robusta y mirada fija, había entendido que con la fuerza se podía imponer sobre cualquier otro, así a éste le asistiera la razón.

José Óscar Rodríguez Cominotti nacido en Mendoza Argentina, 36 años, elocuente a la hora de hablar, embaucador por naturaleza y amigo de la buena vida, era el cerebro del grupo; éste tenía cierto grado de autoridad en el grupo y era el único a quien escuchaba Hugo. Había llegado a Bolivia con un grupo de Opera, le gustaba cantar y la buena vida. Conoció a Hugo en 1959 en una de esa noche en que abundan las bebidas y la compañía de mujeres. “Tiene razón Hugo, vamos a celebrar y todos tranquilos a no meter la pata”, complementó al discurso de Hugo y también echó un gesto de promesa.

Marcial Fuente Zelada, dos años menor que Hugo, y quien tenía el grado de teniente de la Policía había hecho unas consultas sobre el asalto el mismo día del suceso y nadie sabía nada, de manera que vientos gratos soplaban de lado de los delincuentes.

El producto de una de las maletas que había sido vaciada en el lugar del asalto fue a parar a una bolsa de plástico verde y un maletín de Hugo; lo que sobraba fue depositado en una de las gavetas de la camioneta de asalto que era de propiedad del jefe. Cada uno se fue contento a casa con un  monto de cinco millones de bolivianos, para los primeros gastos; claro está que Hugo tenía además el dinero de la guantera en el coche y un monto extra que pidió. Empezaban las diferencias.

Contaron cuatro maletas. Embriagados por la avidez no llevaron una cuenta escrupulosa, a tal punto que Hugo escribió en la pared: 615 millones, producto de una sumatoria parcial. Cuatro maletas quedaron en casa de Francisco Ibieta y las cinco restantes se las llevaron a casa de Armando Villagómez.

Telmo Aguirre, el que disparó a quemarropa contra los remeseros, y el universitario Hugo Téllez recibieron su parte y empezaron a saborear la miel que da la vida.

“De niño vivía en la calle Cuba, los veía a los hermanos andar elegantes con una sobaquera y la pistola bien colocada. La pasaban bien con muchas fiestas, no faltaban las mujeres. Infundían miedo”, cuenta Raúl Calderón Jemio, ex director de la carrera de Historia de la UMSA, que recuerda aquellos pasajes con nitidez.

UN AÑO MÁS TARDE
Un año de derroche y otro tras las rejas. Ese el destino del joven capitán, amante de la buena vida, el derroche y las noches largas. El 17 de julio de 1962 fue presentada la banda de atracadores a la opinión pública. Habían disfrutado del dinero 354 días, se compraron lo que se les antojó, viajaron cuanto pudieron, pero recelaban unos de otros, porque el dinero  multiplica las ambiciones y divide las amistades.

El ministro de Gobierno, José Antonio Arce Murillo, mostró al grupo menos uno (el argentino que disfrutaba el dinero en Montevideo). “Estos son los autores del atraco”, dijo en tono solemne. El capitán Hugo Fuentes, bravucón, impetuoso, con ganas de pelear enfrentó a la prensa, habría querido derribar de un puñetazo al fotógrafo que lo sorprendió como un estilete en la barbilla. Como estaba enojado le colocaron las esposas, entonces el hombre tenía la bronca a flor de piel. Los restantes tenían la expresión de ausencia, estaban cabizbajos, meditabundos.

El 27 de julio  fue el día del careo. Justo un día antes trajeron de retorno al país al argentino Rodríguez de una casa quinta en Montevideo. No había puesto resistencia en el momento que lo detuvo la Policía de Uruguay y tampoco estaba anoticiado de la suerte de la banda cuyos integrantes estaban todos tras rejas. Dos policías bolivianos fueron a su encuentro y llegó en un avión de TAM. Tal vez esa fue la razón por la que su primera respuesta a su llegada al país fue “no tengo nada que ver con ese caso”. Pronto se enteró que había caído toda la banda y empezó a contar su historia.

La primera pregunta, en el día del careo, fue dirigida a Hugo Fuentes, según señala en su edición del 28 de julio el matutino Presencia. Éste parecía más recostado que sentado sobre su silla, cruzó una pierna en aire con gesto de gran señor, mostrando sus elegantes zapatos y respondió con aire solemne aunque con gran dificultad, no por el nerviosismo, sino porque era torpe en su vocabulario.

El más callado era Marcial Fuentes postrado en una silla de ruedas veía de reojo y se incomodaba por el momento que vivía. Un disparo de su hermano en la columna lo había postrado de por vida. El hecho ocurrió en una casa de diversión, posiblemente por una pugna por la forma cómo se gastaba el dinero robado. La Policía calló y prefirió dejar el hecho como una disputa de hermanos. El teniente de carabineros optó por el silencio.

En aquella sesión se pudo constatar que la codicia los había atrapado en su telaraña, eran amigos en todo, menos a la hora de reclamar su parte del botín. Hugo se quedó con el dinero excedente que había en el coche; la persona que guardaba el dinero no respetó el contenido de las maletas y sustrajo un monto, Téllez y Aguirre pedían cada vez un adelanto, porque se habían hecho de deudas y el argentino prefirió irse con gran parte del dinero y esperar al emisario que le lleve lo que le correspondía. Cada quien tenía sus cifras y no se sabía dónde habían ido a parar 500 millones, luego se supo que alguien guardaba 900 millones en algún lugar.

Lo que si se sabía es que el día del asalto, 2.000 millones de bolivianos estaban en cortes de 10 mil en cuatro maletas; 700 millones en cortes de 5.000 en otras dos maletas; 70 millones en cortes de 1.000 en dos maletas y 30 millones en corte de 500 en dos maletas.

Dos semanas antes de que se descubriera a los integrantes de la banda, Amadeo Villagómez, el dueño de una de las casas donde depositaron las maletas, empezó a desvelar el robo y los crímenes. La primera pista estaba abierta y empezó la recolección del dinero. Se encontraron 12 millones en ese domicilio, otros 20 millones en la calle Laja, donde los hermanos Fuentes habían comprado un departamento, otros 50 millones en la calle 6 de Agosto y 2,6 millones en la casa de Ibieta en la Casimiro Corrales.

Cuando la Policía detuvo a Marcial Fuentes, éste dio la segunda pista clara sin darse cuenta. “Yo no fui el que disparó”, dijo en tono de defensa. Suficiente para cerrar el círculo. Solo faltaban los detalles y saber qué destino tuvo el dinero…

“La idea del atraco se la di yo; él quería robar coches y llevarlos a la Argentina. Le dije que su plan era poca cosa. Ya había averiguado de las remesas y cómo iba el dinero sin resguardo a las minas. Al final aceptó mi propuesta”, contó Rodríguez.

Hugo Fuentes y Óscar Rodríguez se habían conocido en 1959 y pronto hablaron de “negocios” porque a uno y otro les gustaba vivir bien; lo que ganaban como policía el primero y como cantante y actor el segundo no les daba para muchos lujos. Había que salir de pobres  Rodríguez tenía la fórmula que Fuentes aceptó con gusto.

¿Quién brindaba el detalle de las remesas? Arturo Villalta. Éste sabía cuánto dinero iba en cada viaje, quiénes iban a qué hora de La Paz y cuál era el destino. El 27 de julio de 1961 dio monto, hora y color de la camioneta.

TRAS LOS DELINCUENTES
La opinión pública se fue olvidando del asunto y tenía mayor peso el vaivén político, los esfuerzos de Siles por reunificar el partido gobernante, el alejamiento de los ex partidarios de Paz y los temas diarios.

Un mes después del robo, la Policía tenía una buena pista, pero vaya a saber porqué dejó sin tocar el ovillo. En agosto de 1961, Hugo Fuentes fue destinado a Puerto Suárez como Jefe de Frontera y aprovechó la ocasión para llevarse gran parte del dinero. En las agencias de cambio invirtió 900 millones de bolivianos para obtener cruzeiros. Hablaban del “capitán millonario” y de dónde tenía tanto dinero, de manera que lo convocaron a declarar en La Paz.

Lo interrogaron y sus explicaciones fueron suficientes o los convenció de otra manera, pero quedó libre. “Hago comercio con wisky, cigarrillos, gane buen dinero con el boxeo y otros ahorros”, dijo.

Alguien le preguntó: ¿No tienes nada que ver con Calamarca?  Y la respuesta del hombre ofendido fue una mirada de perdonavidas y el ceño fruncido (según contaron después), de manera que se cerró el interrogatorio.

Algo más, de acuerdo con las declaraciones del propio Hugo Fuentes, tiempo después le confiaron acompañar a una remesa a las minas. El ratón custodio el queso y lo entregó intacto, por lo tanto estaba libre de sospecha.

LA PRIMERA PISTA
En el tiempo de encierro antes del careo y durante este acto se confirmó que ninguno de los cinco ni los depositarios de las maletas dio la voz de alarma; entonces quién avisó a la Policía, quién fue “el soplón”.

A Hugo le seguían los pasos. Demasiado dinero para un capitán de policía. Lo propio ocurría con su hermano que quería lucir a toda costa un coche Chevrolet último modelo. La Policía recibía denuncias, pero por alguna razón no decía nada, esperaba el curso de los acontecimientos.

La familia de Fuentes sabía de los turbios negocios de sus hijos. La madre recibió un regalo y el padre ocultó en un turril en Sacaba parte del botín. También sabían que en el reparto alguien sacaba mayor tajada y se aprovechaban del dinero “que tanto sacrificio había costado a Hugo y Marcial”, de manera que en una oportunidad y tras unas copas en Cochabamba, los familiares de los Fuentes echaron en cara a Villagómez de su mala acción y de aprovecharse más de lo que le correspondía. “Tú eres más ladrón de Calamarca que nadie”, le habrían espetado.

Escucharon esas palabras los de las mesas vecinas, de manera que fueron rápidamente a la Policía para contar el hecho. Solo había que unir los hechos y los protagonistas, así llegaron a casa de Villagómez y de Ibieta, enseguida ubicaron a Marcial y Hugo, luego a Telmo Aguirre y, finalmente a Téllez cuando salía de un bar.

Cuando llegó la hora de declarar, Hugo Fuentes había dejado el tono altanero, la fría celda, los días sin sol y las paredes húmedas de la celda lo habían domado, aunque no del todo. Era el 11 de agosto de 1962, según relatan los periódicos de la época.

¿Por qué no denunció a Rodríguez cuando le propuso asaltar la remesa? Por mi sentimiento de humanidad, por mi sentimiento cristiano y ahora me arrepiento de ello

¿De dónde sacaron el pistam con el que ametrallaron a los hombres de la remesa? Me la dio el coronel San Román en la campaña del 60 para la reelección del Gobierno.


¿Quién ordenó disparar contra los de la remesa? Yo no pedí que los mataran. La persona que los victimó fue Elmo Aguirre.

¿Había algún móvil político detrás del asalto? Siempre fui hombre del MNR y se me han dispensado la mayor confianza en varias ocasiones.

¿Quién era el jefe de la banda? El que elaboró el plan fue Óscar Rodríguez y yo corregía los planes. A eso seguramente se añade la fortaleza de ánimo que siempre me ha caracterizado y mi condición de hombre intrépido y conocedor de la táctica militar.

¿Diga Usted qué hizo con el dinero? Honradamente gasté 300 millones, aparte del dinero que envié a Cochabamba y que era más o menos 150 millones. A fines de agosto del año pasado compre un terreno en Santa Cruz en 50 millones, luego otro en 20 millones, la escritura está a nombre de mi cuñado Villagómez y mi esposa. Luego compré 15 lotes en Campo Grande Brasil, una casa en Campo Grande de 5.000 metros a medio construir, un juego de dormitorio en 5,8 millones, compre un bar en Río Grande; otros gastos en viaje a Buenos Aires, a Montevideo viajé dos veces, le di 13 millones a Marcial para que comprara un coche Toyota Impala. En Buenos Aires me asaltaron 2.000 dólares.

¿Qué sabía de este tema su esposa? Le dije que estaba en comercio de drogas y me iba bien

Rodríguez más sereno en sus declaraciones y hablando lo necesario contó la historia completa desde el asalto hasta la repartición del dinero. Así se supo que Marcial, nervioso porque no se detenía la camioneta con la remesa, disparó al chofer una ráfaga, luego Aguirre por orden de Hugo Fuentes disparó contra los otros dos, que el propio Fuentes, en el afán de obtener las llaves de las maletas impactó con un planchazo a uno de los heridos.

AQUELLOS DÍAS FRÍOS
Los colocaron en el sector de reos peligrosos denominado Guanay donde apenas llegaba el sol y tenían poco de qué hablar; lo suficiente para hacer cada vez más irritables a los detenidos.

Pidieron un sacerdote que los visitó y trató de llevarles paz interior. El abogado defensor pidió mejores condiciones para los detenidos y un trato más cálido; de manera que acto seguido, los mineros de Catavi pidieron realizar el juicio definitivo en la Plaza de ese distrito minero.

Estaban más o menos lejos de ser ejecutados porque el Presidente Paz Estenssoro abolió la pena de muerte en junio de 1961.

La opinión pública se olvido de ellos, aunque algunos decían que los vieron pasear de noche. Hasta que nueve meses después, el 6 de mayo de 1963, se volvió a hablar de los asaltantes de Calamarca, porque Hugo Fuentes y Óscar Rodríguez habían planeado una fuga, por la calle Cañada Strongest.

Alguien alertó, alguien dio la voz de alarma y contó que estaban preparados para huir. Dos bailarinas de una boite ingresaban tres veces por semana para hacer llevaderas las jornadas tristes de los detenidos y en cada ingreso llevaban sogas y alambres, las implicadas fueron conducidas a la cárcel de Obrajes y junto a ellas la esposa de Hugo.

El excapitán de carabineros, a quien a los dos días de ser detenido fue degradado con ignominia y despedido de la entidad de carabineros, lo mismo ocurrió con su hermano; sin embargo, a Hugo le seguían llamando por su grado, le tenían miedo y concedían beneficios que salieron a luz a propósito de la frustrada fuga. Pronto salió una conclusión: el dinero estaba en alguna parte y los dólares no faltaban en los bolsillos de Hugo.

El periodista Hugo Rivadeneira tuvo “el desacierto” de escribir en Presencia que “le requisaron los dólares a Fuentes el día que debía fugar”, de manera que los ofendidos policías  a través de un juez decidieron apresar al que escribió “semejante ofensa”. Tuvieron que intervenir sus colegas para que la orden no se cumpliera. Pero, el aviso estaba dado, había que escribir sin muchos detalles sobre el caso.

Desde entonces se pidió a la Policía suspender las visitas externas, controlar diariamente a los presos y elevar informes permanentes de la salud y situación de los detenidos.

Sin visitas, sin ventajas y con la Policía que lo vigilaba diariamente la vida se tornaba insostenible para los detenidos. Así debían pasar los 30 años de condena; demasiado suplicio.

El 7 de junio de 1963, menos de dos años después del atraco, Hugo Fuentes se bebió de golpe todas las estrellas. Tres impactos de bala le perforaron el rostro, otros cuatro disparos estallaron en su pecho. La noticia transmitida por dos radios provocó que decenas de personas acudieran hasta inmediaciones del penal.

“Han matado a mi hermano”, gritaba Marcial Fuentes y el grito de impotencia rebotaba contra las paredes del viejo penal.

Relata  el Mayor Oliva a los diarios, que en la visita diaria que hacía al sector vio que la celda de Hugo Fuentes estaba vacía y preguntó a gritos por él. Éste, se encontraba asistiendo a su hermano y ante el llamado bajó del segundo piso al lugar donde lo llamaba para increpar a Oliva, de pronto le impactó con un derechazo, como en sus mejores tiempos, para enviarlo a tierra; cuando se acercó al cabo Luis Tahua Chambi, éste, en acto instintivo,  disparó una ráfaga que impactó en el Jefe de la banda de atracadores de Calamarca. Era el 7 de junio de 1963.

Tras conocerse la noticia, el Regimiento la Paz se fue hasta el recinto penitenciario, tal como lo hizo el día en que debía fugarse y la Policía recibió la voz de alerta.

A las 19.10 una vagoneta trasladó el cadáver a la morgue, bajo estricta vigilancia. Ninguno de los familiares cercano pudo verlo. Cuando se requisó el bolsillo de Fuentes se advirtió que tenía 40 dólares, cuatro de un dólar y cuatro de cinco dólares.

Dos días más tarde fue enterrado en el más en el anonimato, tal vez con unas cuantas oraciones. Había vivido 32 años, a su manera. Oliva no quiso hacer más declaraciones y el cabo Tahua fue enviado a Cobija, para reaparecer una década después.

El comandante de la Policía Germán Lema Arauz contó su propia versión, se refirió a un intento de fuga y al ataque artero de Hugo Fuentes, de manera que “cuando se precipitó sobre el cabo Tahua éste disparó la ráfaga”.

EL SEGUNDO ATRACO

El juicio prosiguió e implicaron a 36 personas más, porque a cada declaración correspondía otros implicados. La compañía de Seguros no logró recuperar casi nada, pese a la disposición judicial; investigadores, terceras personas y comisiones se quedaron con el dinero.

Tras siete meses de investigación, el 20 de julio de 1964, la Corte Suprema resolvía que todos los bienes y dineros secuestrados a los asaltantes y sus cómplices, sean entregados a la Compañía Aeguradora que pagó la poliza de los 2.800 millones de Bolivianos.

Dispuso también el enjuiciamiento de autoridades policiales y judiciales comprometidos en el "segundo atraco", denunciado por la compañía aseguradora.

El abogado Enrique Oblitas Poblete, como ministro relator, creyó en aquel momento haber cerrado el caso y anunció que escribiría un libro sobre el tema. Y no pasó nada.

Fuentes y su banda disfrutaron un año de las mieles, otros disfrutaron mucho tiempo más, aunque vivía con la sentencia: "dinero mal habido..."

La gente se acordaba de Calamarca cada vez que había que insultar a un policía por una mala acción o jugaba Litoral, el equipo de esta institución. Pasó medio siglo de este abominable hecho y algo habrán aprendido unos y otros.
Ernesto Murillo Estrada

Páginas históricas (4) Hace mas de un año

Escribir sobre Juana Azurduy de Padilla es volver a tocar una de las llagas que más duele a Bolivia, porque sale a luz la expresión más clara de la historia de la ingratitud. La Mariscala murió en la más injusta y dramática miseria, paradójicamente un 25 de mayo de 1862, absolutamente abandonada, al grado infame de ser enterrada en una fosa común, ante la impotencia de su sobrino Indalecio, quien lloró su dolor y rabia, luego de que las autoridades le negaron unos míseros pesos para un entierro digno, porque estaban ocupados celebrando los festejos de la patria.

La expresión de Winston Churchill "Nunca en el ámbito del conflicto humano tantos debieron tanto a tan pocos", se aplica a doña Juana y su esposo Manuel Ascensio Padilla, ni siquiera cambiando el nombre de Sucre por Padilla o Azurduy pagarían tan inmensa deuda. Es posible que la notable mujer haya sido más honrada en Argentina, donde ahora colocarán su estatua en reemplazo a la de Cristóbal Colón, que en su tierra natal.

Admirada por los generales, idolatrada por sus ejércitos, temida por sus rivales, doña Juana Azurduy mantuvo durante más de una década la tea de la insurrección, mientras iban quedando en el camino los Murillo, Méndez, Warnes y su propio esposo.

Doña Juana no estuvo en el momento preciso, en el lugar preciso, en la hora precisa, porque no le interesaba ningún tributo. De ser así, los Ballivián, Santa Cruz, Velasco y Olañeta, habrían puesto rodilla en tierra para reverenciar a la valiente mestiza y no tendrían cara para mirarle a los ojos, pero, el país casi siembre abrió las puertas a los que buscaron su oportunidad y cerró con aldaba su entrada a los que merecen el Olimpo del agradecimiento. A ella no le interesaba el gobierno ni menos el poder, solo abrazó la causa de la independencia de los indios y oprimidos.

“Cuando retornó a su tierra amada, luego de ocho años de anonimato y pobreza en tierra argentina, nadie salió a recibirla en Chuquisaca”, escribe Joaquín Gantier, quien narra cuidadosamente en base a biografías de Samuel Velasco Flor, Alcides Arguedas y Valentín Abecia, la épica existencia de la guerrillera.

Santa Cruz, entonces prefecto de Chuquisaca ordenó se le entregara una pensión de 100 pesos mensuales, que solo le cumplieron dos años; Bolívar salió conmovido del encuentro con ella cuando la visitó en su humilde morada. Ella no quería dádivas sino que le devolvieran sus tierras secuestradas por los realistas, para mantener a los pocos que dependían de sus abandonadas fuerzas, porque en los años de guerra vio morir a sus cuatro hijos, luchó embarazada, perdió a su hija y además de quedar viuda, legó sus fuerzas a la independencia del Alto Perú, enfrentando no sólo las traiciones, sino también la aridez, las inclemencias del tiempo y el descuartizamiento de su heroísmo.

A la hora de su retorno a la Capital de Bolivia ya nadie se acordaba de las más de 30 batallas, de sus gestas y fiereza ni de sus seguidores. Para entonces, pasados los 50 años, pocos la recuerdan es que, como dicen los sociólogos del presente: “los que hicieron buena lectura del país, disfrutaban las mieles del poder”.

“Su espíritu honesto no podía entender lo que había pasado ni la doblez de las personas, no concebía cómo esos hombres, otrora partidarios del rey disfrutaban el poder. Veía en el poder a Santa Cruz, quien había colaborado con Goyeneche, a Velasco, un militante realista y Ballivián, quien había servido a las fuerzas de La Serna”, escribe Arguedas. Menos mal que don Manuel Ascencio, Murillo, Méndez y compañía no vivieron para soportar tanta ironía en la vida

Siendo muy pequeña pierde a su madre, doña Eulalia Bermúdez una hermosa indígena que legó su belleza a su hija y poco después a su padre de origen español Matías Azurduy; de esta manera junto a su hermana Rosalía quedan bajo el cuidado de sus tíos Petrona Azurduy y Francisco Díaz Valle, quienes se hicieron cargo de su educación. “Su instrucción se redujo al conocimiento del catecismo, a las primeras letras y a la lectura de las vidas de los santos. De escasa cultura pero gran fuerza de voluntad, sacrificó bienes y familia para abrazar la causa”, escribe Gantier.

Samuel Velasco Flor, el primer biógrafo de doña Juana, cuenta que en aquellos tiempos (vivió entre 1780 a 1862) la mujer debía estar recluida en casa y ocupada en las labores de hogar, pero a Juana le gustaba la vida libre. Ingresó en calidad de educanda al monasterio de Santa Teresa cuando tenía 17 años, de manera que aprendió la disciplina del monasterio.

Miguel Ramallo en su libro “Guerrilleros de la Independencia” describe: “no estaba hecha para la dulzura y quietud, deseaba el movimiento y la actividad. Estuvo siete meses en el convento y luego vivió en el cantón de Tocora donde un día conoció a Manuel Ascensio Padilla, quien más tarde sería su esposo”.

A ambos jóvenes les causó dura impresión el martirio de Dámaso Catari quien fue paseado por la plaza atado, con una corona de plumas, mientras la gente se burlaba de él llamándole “rey Catari”. Ambos fueron formándose en el odio a la injusticia de las autoridades españolas. Se casaron en 1805 cuando ella tenía 25 años y el 30, un año más tarde nace su hijo Manuel y más tarde Juliana y Mercedes.

El 25 de mayo de 1809, Manuel Ascensio conoce a Monteagudo, Mariano Fernández y Lemoine, jóvenes de la famosa Academia Carolina. Padilla recibe la misión de impedir que los indígenas e Chayanta entreguen los víveres a los españoles y tras cumplir el cometido degüellan a Chayrani, el opresor de la región. En La Paz se inicia la revuelta con Murillo y ese hecho les alienta. Entonces llega hasta la Plata, Vicente Nieto y se posesiona como Presidente de la Real Audiencia de Charcas; desde esa función persigue a los doctores y revoltosos. Padilla que había auxiliado a éstos tiene que huir. En aquel momento empieza el calvario para doña Juana, porque le decomisan todos sus bienes y se ve obligada a vivir en una casa de los extremos, cerca de Tarabuco.

Solo podía asistir a su familia con lagua, pan duro, un poco de agua y pasaba el día recolectando leña de los alrededores; el retorno de su esposo Manuel Ascensio, después de cada batalla, era su consuelo. Éste se presentaba de improviso evitando ser reconocido en La Plata. Tras la Batalla de Tucumán había recibido de Belgrano el título de Comandante; entonces se le encomendaron misiones más duras.

Hasta que un día, doña Juana dejó a sus hijos bajo la custodia de sus familiares y se fue al encuentro de su esposo en Tarabuco, empezando su vida guerrera. “Al ver a la amazona que sabía guiar tan diestramente su cabalgadura y que amonestaba con tanta seguridad y fervor a los indígenas, se juntaron 10 mil. La voz de que una mujer iba al combate se esparció por todas partes y a su paso salían los varones para sumarse a los guerreros y las mujeres para admirarla. Desde ese año (1813) se multiplicaron los guerrilleros.

El 1 de octubre de 1813 tuvo lugar la batalla en las llanuras de Villcapugio. El ejército patriota fue derrotado y a los esposos Padilla – Azurduy les correspondió proteger la retirada a Potosí. “Doña Juana era adorada por los naturales como la imagen de la Virgen”, dice Bartolomé Mitre en la Historia de Belgrano.

“Llevaba  pantalón blanco de corte mameluco, chaquetilla escarlata o azul adornada con franjas doradas y una gorrita militar con pluma azul y blanca. Belgrano le había regalado una linda espada. El poeta indio Juan Huallparrimachi y el musculoso José Ignacio Zárate se convirtieron en sus lugartenientes y permanentes escoltas en cada batalla.

El historiador Valentín Abecia describía así a la Libertadora: " Juana tenía la hermosura amazónica, de un simpático perfil griego, en cuyas facciones brillaba la luz de una mirada dulce y dominadora", belleza, fuerza, inteligencia y carisma  que también sellarían su impronta por la historia”.

En marzo de 1814 Juana y Manuel Padilla vencen a los realistas en una serie de batallas, a pesar de los contraataques que los obliga a dividirse junto a  las tropas revolucionarias.  División que marcaría las rutas de la tragedia y la infames injusticias, y que llevan a Manuel Ascencio hacia La Laguna,  mientras que a Juana y a sus cuatro hijos pequeños, junto a un grupo de guerrilleros las circunstancias los obligan a internarse un refugio cercano al río dentro del valle de Segura, provincia de Tomina.

Ante la angustia de las amenazas, de la muerte y la traición a Juana le llegan noticias de que su marido está en peligro y sale a su encuentro en medio de los avances españoles, para retroceder y cobijar a sus niños y enfrentar una de las más cruentas batallas, en medio de las rudezas de un monte desconocido, sin provisiones y con un escuadrón de escoltas asustados, que frente a los embates de las fuerzas españolas la abandonan en medio de la nada, sin refugio, sin provisiones y a merced de las plagas de insectos que rápidamente se apoderaron de los pequeños e indefensos cuerpos de sus hijos, a quienes Juana impotente, solo y profundamente desgarrada ve morir en brazos, primero será su amado Manuel, luego Mariano… y posteriormente Julianita y Mercedes por disentería y paludismo.

Valiente Libertadora por la independencia, junto a su esposo, libran juntos las batallas de Tarvita, El Salto, Quila Quila, Potolo, Aiquile, Las Cañadas, Presto, Las Carretas, La Laguna y El Villar, hasta que la tragedia vuelve a la vida de la Libertadora, cuando en la gesta insurgente desplegada dramáticamente en  Charcas y que un oscuro 14 de septiembre de 1816 le arrebatan la vida a Manuel Ascencio Padilla, como el epílogo sangriento y desgarrador de El Villar. En un acto de justicia póstumo sería nombrado Coronel del ejército argentino del norte, a pedido de Manuel Belgrano.

Desde la muerte de su esposo, doña Juana se recluyó con su hija en una finca llamada Chaquimayu en el cantón de Takopaya. No obstante, en varias ocasiones intentó reestructurar su batallón de leales, pero las disidencias por el mando que fueron surgiendo entre los sucesores de Padilla, lo hicieron imposible.

Tras este episodio, doña Juana dejó a su hija en el valle de Segura y se dirigió primero a Tarija y, posteriormente, al norte argentino donde se unió al ejército de Salta comandado por el General Martin Güemes, permaneciendo con éste hasta la muerte de Güemes en junio de 1821.

Imposibilitada de regresar a Chuquisaca, que se encontraba aún bajo el dominio de los realistas, Juana Azurduy sobrevivió como pudo sin recursos económicos, hasta que en 1825 fue encontrada por los gauchos de Güemes vagando hambrienta por el Chaco. La llevaron a Salta donde el gobierno le otorgó cuatro mulas y la suma de 50 pesos para los gastos de su retorno.

La pobreza y la ingratitud se apoderan miserablemente de la heroína, de la Libertadora. En una carta escrita en 1830 dirigida a las autoridades de la provincia de Salta, manifiesta un desgarrador testimonio: "A las muy honorables juntas Provinciales: Doña Juana Azurduy, coronada con el grado de Teniente Coronel por el Supremo Poder Ejecutivo Nacional, emigrada de las provincias de Charcas, me presento y digo: Que para concitar la compasión de V. H. y llamar vuestra atención sobre mi deplorable y lastimera suerte, juzgo inútil recorrer mi historia en el curso de la Revolución.(...) Sólo el sagrado amor a la patria me ha hecho soportable la pérdida de un marido sobre cuya tumba había jurado vengar su muerte y seguir su ejemplo; mas el cielo que señala ya el término de los tiranos, mediante la invencible espada de V.E. quiso regresase a mi casa donde he encontrado disipados mis intereses y agotados todos los medios que pudieran proporcionar mi subsistencia; en fin rodeada de una numerosa familia y de una tierna hija que no tiene más patrimonio que mis lágrimas; ellas son las que ahora me revisten de una gran confianza para presentar a V.E. la funesta lámina de mis desgracias, para que teniéndolas en consideración se digne ordenar el goce de la viudedad de mi finado marido el sueldo que por mi propia graduación puede corresponderme".

Otros historiadores cuentan que Simón Bolívar, acompañado de José Antonio de Sucre, el caudillo Lanza y otros, en su humilde vivienda para manifestarle su reconocimiento y homenaje por sus luchas libertarias y se cuenta que la colmaron de elogios en presencia de los demás, y dícese que le manifestó que la nueva república no debería llevar su propio apellido: “Bolivia no debía llevar su nombre sino el de Padilla, su mayor jefe revolucionario”… y se le concedió una pensión mensual de 60 pesos que luego Sucre aumentó a cien, una pensión vitalicia que bajo el gobierno de José María Linares en 1857  le es arrebata de manera infame e innombrable, ignorando su soledad, su entrega a las luchas libertarias, su soledad por la pérdida de su marido, de sus niños, ignorada por los criollos que en ese momento ostentan el poder y  con sus escasos bienes también saqueados.

"A la hora de su muerte, no hubo toque de silencio, tambores a la funerala, ni salva de fusilería en honor a la coronela muerta, porque la tropa de la guarnición estaba demasiado ocupada en los festejos del 25 de mayo”, dice Gantier.

Un siglo después, en 1962, en conmemoración del centenario de su muerte, a sugerencia de Joaquín Gantier y siguiendo las indicaciones dejadas por Indalecio Sandi, el niño que la acompañó en sus últimos, se extrajeron los restos humanos que se supone pertenecen a Juana Azurduy para depositarlos en una urna en la Casa de la Libertad.

Hoy se duda que sean sus restos y algunas fechas que brindaron los historiadores, porque las mejores páginas para retratara a semejante personaje no se han escrito todavía.

Ernesto Murillo Estrada

Páginas históricas (3) Hace mas de un año

Un primer disparo es desviado por el coronel Carmona y atraviesa la ventana. Junto al mayor Goytia se abalanzan sobre Busch para que no se consumara la tragedia, pero las fuerzas de éste centuplicadas por la excitación del momento le permite rechazar a ambos y se dispara luego en la sien.

El relato sobre el suicidio de Busch, que luego toma carta de veracidad lo escribe Luis Azurduy, en su libro “Mártir de sus ideales”, que es una especie de biografía que le encargó el propio Presidente de la República, pocos meses antes de su muerte.

Luis Toro Ramallo, quien escribe bajo el pseudónimo Elder, en su libro “Busch ha muerto, ¿quién vive ahora?” tiene razones para dudar de este relato y descalifica a Azurduy, porque la biografía está llena de imprecisiones y tiene más de opúsculo que de escrito serio.

Iván Guzmán de Rojas cuenta que un día de 1960 se encontró con un amigo en Nürnberg, Alemania, éste le aseguró que el disparo tuvo un ingreso por el parietal derecho y salió por el frontal izquierdo, lo que elimina una probabilidad de suicidio. “El hombre era un militar que estuvo en Bolivia y no tenía por qué mentir ni inventarse”, cuenta Guzmán.

“Hombre sencillo, afectuoso, modesto, enamorado de la vida, del hogar, afecto a la música, la lectura, el teatro, el cine; concurría en la mañana a Palacio, almorzaba en compañía de los suyos, retornaba a su tarea en la tarde, atendía las audiencias y retornaba a su domicilio en el barrio de Miraflores”, describe Azurduy.

“Tenía en su haber varios incidentes con sus compañeros militares a quienes amenazaba con echarlos desde el balcón del casino militar; le gustaba la guitarra, gran tomador y mujeriego, pero sabía disimular. Su preparación humanística era nula, no gustaba de la lectura ni el estudio. Le costaba expresarse y acompañaba sus palabras con gestos y ademanes”, cuenta a su turno Toro Ramallo, describiendo al personaje.

De dos versiones tan diametralmente opuestas es muy difícil sacar una media aritmética, de manera que, frente a esta disyuntiva, cuentan mucho los antecedentes de este suceso ocurrido el 23 de agosto de 1939.

Ambos coinciden en apuntar el carácter fuerte de Busch y su intolerancia en algunas ocasiones. “Demacrado y hosco vivió sus últimos meses, martirizado también por las largas y dolorosas curaciones en la boca. Hasta había encargado a Azurduy que le escribiese su biografía y eso ya es un desequilibrio”, dice Elder.

Gustavo Navarro, más conocido como Tristán Marof lo describía así: Hombre de grandes ojos azules, anchos hombros y enorme corazón, la vida le habría dado tiempo para estudiar nuestros problemas. Busch pretendía vencer todos los obstáculos poniendo solamente su corazón en la balanza y eso no era suficiente”.

El proyecto suicida nunca es improvisado, aunque la realización a veces sea impulsiva. El suicida lo venía pensando desde tiempo antes, y en la mayoría de los casos se lo comunica a alguien con anterioridad.

Para los psiquiatras y psicólogos no existe un único factor desencadenante de un suicidio, sino que éste es una acción multideterminada por diversos factores intervinientes, por ello es imprescindible ver los antecedentes del caso Germán Busch.

Hijo del médico alemán Pablo Busch y de la cruceña Raquel Becerra, se fue al Colegio Militar a los 17 años y egresó en 1927. La Guerra del Chaco lo encontró muy joven e ingresó en la contienda en el regimiento Lanza. Pronto se ganó la fama de intrépido y valiente en gestas solo comparables a las de “Charata” Ustárez o Manuel Marzana, aunque sus grandes logros no siempre fueron reconocidos por Hans Kundt el Comandante del Ejército de Bolivia.

A la finalización de la Guerra del Chaco, los militares tenían el control del país, mientras los civiles pasaron a segundo plano. El coronel David Toro recibió la presidencia a los seis días del golpe que comandó Germán Busch en mayo de 1936, pero 13 meses más tarde, le reclamó la batuta del país y más Tarde una Convención Nacional le dio la presidencia constitucional.

“Solo ante la negativa de David Toro y Enrique Peñaranda y la voluntad del Ejercito asumí la presidencia de la Junta de Gobierno”, dijo Busch en junio de 1937, justificando su llegada al poder.

Meses antes de su muerte, había hecho fusilar al cura Catorceno, un párroco de Potosí, quien al final resultó ser inocente; sintió el gran vacío en el entierro de Juan Bautista Saavedra, porque éste encarnaba el sentimiento colla y había sentido el exilio en Chile. Sintió que sobraba su presencia en aquel acto, porque el grupo seguidor del difunto hizo una especie de barrera alrededor del féretro separando al Presidente que tuvo que marcharse.

También hizo detener al empresario minero Mauricio Hoschild y estaba decidido a hacerlo fusilar. Aunque, de acuerdo con la versión de El Diario “el Presidente de la República, pensando los pedidos de clemencia hizo uso del derecho de gracia, con la advertencia que cualquier intento de nueva resistencia a las medidas del Gobierno, será castigado inexorablemente”.

Sostiene Elder que “la inmensa mayoría del país, no pudo explicarse nunca por qué de un hombre a otro, de un gobierno a otro, de Toro a Busch, había podido variar tanto el precio de la moneda y el estándar de vida”.

Tejada Sorzano, al final de su Gobierno había dejado un déficit de 45 millones y David Toro corrigió las finanzas, de manera que abandonó el poder con un sobrante de 13 millones. “Jamás otro Presidente había tomado el Gobierno en mejores condiciones con 300 mil libras esterlinas en el Banco central, 280 mil libras en cuentas en el Ministerio de Hacienda, pero con el cambio de Gobierno vino la subida de sueldos, creció el turismo oficial, la concesión de divisas a favoritos. Busch estaba en el caso del rico heredero que no conoce el sacrificio, por eso de 5.000 empleados públicos se pasó a 18mil”.

Sigue el relato: “Busch tenía una obsesión dominadora, el coronel Toro. La palabra traidor que creía oír en todas partes, repetidas por todas las bocas, le ardía dentro la cabeza. Es que Toro fue su guía, el que lo promocionó en la Guerra del Chaco, su padrino de matrimonio y su colaborador más inmediato”.

El entorno que le aduló en los momentos de poder, que le decía que era el Presidente más joven de la historia del país, que le hablaba de sus cualidades y que en algún momento le habría pintado las mieles de la presidencia, le hizo firmar decretos como el del 3 de agosto de 1939, que ocasionaría el desplome de la moneda y el alza del costo de vida.

La mañana del 23 de agosto de 1939 circula el rumor que convulsiona a la multitud. “El presidente Busch se encuentra en agonía desde las 2 de la madrugada y los médicos no conciben esperanzas”, cuenta en su libro Azurduy y se advierte la imprecisión porque los diarios y otras narraciones señalan que el hecho ocurrió a las 5.00 de la madrugada.

Luego saldría el comunicado: El Presidente ha fallecido a las 14.35.

“Las oficinas públicas han detenido automáticamente sus funciones. La multitud se aglutinó en torno al periódico La Noche”, cuenta Azurduy.

El Diario, en su edición del día siguiente con un titular a seis columnas y en dos líneas titula: Trágica desaparición del presidente de la República coronel Germán Busch y da los detalles. “Falleció en la habitación Nº 26 del pensionado del Hospital General, junto a él se encontraban su esposa y su cuñado, el coronel Eliodoro Carmona.

Toro Ramallo escribe puntualmente sobre el hecho: Vivía sobreexcitado, la enorme presión moral de que padecía le colocaron sobre el abismo. Tres versiones hay sobre el hecho, en cierta casa recibió el balazo fatal de manos de otro militar y posteriormente fue llevado a su hogar en estado agónico; 2) al llegar a su casa recibe el disparo y 3) aparece hiriéndose delante de sus familiares.

El dictador venía de una fiesta copiosamente rociada. Todo y nada estaba contra él, mascaba en el aire la protesta, la resistencia, el encono y no podía presenciar de donde venía.

Dicen los especialistas que la gran mayoría de las personas que eligen métodos para quitarse la vida que casi garantizan el éxito de lograrlo, como disparar una pistola a la cabeza o aventarse de un puente muy alto, lo hacen debido a que están perdiendo la batalla en contra de una depresión severa.

Azurduy se refiere que dos días antes se sentía incómodo por una dolencia física. El día de su muerte celebraba en su casa el cumpleaños de su cuñado. Ese mismo día recibió una carta de Cochabamba en la que le comentan el repudio que despierta su política y el disgusto con el que reciben sus medidas.

Durante la comida se encontraba alegre y animado y al finalizar ordena que se sirva champagne para brindar y luego vino la música a cargo del pianista Luna, pero luego Busch pide tocar en ese instrumento música oriental. A las dos de la madrugada todos se van, pero él insiste en detener a dos o tres personas, como tratando de detener la noche y le pide a su sirviente, Medina que traiga whisky. A las 5.00 ingresa a su escritorio y comienza a hablar y exaltarse visiblemente. “He luchado en el Chaco con un enemigo que me combatía con armas nobles, esto en la guerra; en tiempo de paz la lucha es diferente, se me combate con la intriga, con el anónimo cobarde…”. Luego vendría el disparo.

Tras el pedido de sus dos hermanos exigiendo una autopsia, el 21 de septiembre, los peritos Víctor del Castillo y Alberto Mariño entregaron el informe que señala: la muerte de Busch se debió a suicidio, utilizó una colt 32, mientras el médico Félix Veintemillas había señalado que la bala hizo una perforación en el temporal derecho con orificio de salida en el temporal izquierdo. Tenía 36 años y se cumplía lo que le había dicho a su amigo Azurduy: “A Busch, solo Busch podía haberlo muerto”.

Ernesto Murillo Estrada

  

 

Páginas históricas (2) Hace mas de un año

La ansiedad vencía a todos, la emisión debía empezar a las 18.00 y la inauguración a las 20.00, pero a las 7.00 estaban en la planta de El Alto todos los trabajadores; no faltaba nadie. Cada quien revisaba su tarea y la repetía una vez más, para asegurarse de que no podía equivocarse.

A las 19.00 de aquel 30 de agosto de 1969 llegó a los estudios del naciente Canal 7 la comitiva presidencial. La tranquilidad del presidente Luis Adolfo Siles y su esposa Clemencia contrastaba con el ajetreo en los diversos ambientes. ¿Todos bien?, preguntó. El interrogante sobraba, porque los nervios abundaban y se sonreía con los dientes apretados. El recuerdo del técnico Eduardo Vargas, hoy hombre dedicado a recordar a los personajes de la televisión, a través de una columna periodística, pinta el cuadro que se vivió hace 43 años.

Ricardo Sánchez González, en “Orígenes de la televisión boliviana” sigue el relato: Junto al Presidente llegaron al estudio los ministros de Hacienda y Obras Públicas los embajadores de de Alemania Federal, Francia, Paraguay y España, el arzobispo Jorge Manrique y los miembros de la Orquesta Sinfónica.

El calor humano hacía transpirar a Vargas y sus colaboradores, mientras en escena, se difundía el programa “El abuelito Tino”, el recordado  radialista junto a sus niños salvaba los minutos previos a la inauguración. Entonces apareció en escena Juan Fernando Landa, más conocido como Tito Landa para saludar a los televidentes.

La coordinadora de la estación televisiva María Esther Ballivián, quien había repetido una decena de veces lo que tenía que decir apuntó: Señoras y señores, televisión Boliviana, Canal de la gran siete da inicio a su gran show. Ni una risa, solo miradas cómplices.

La Orquesta Sinfónica interpretó el Himno Nacional la suite Nº2 de Igor Stravinsky y se dio paso a la bendición de las instalaciones a cargo de Jorge Manrique. Eran las 2017, cuando el presidente ejecutivo de Canal 7, Víctor Aguilar Dorado, hizo una breve reseña de los pasos que se habían dado para coronar este esfuerzo y no podía dejar de mencionar a los generales René Barrientos Ortuño y Alfredo Ovando Candia, el primero había fallecido hace cuatro meses y el segundo apetecía la silla presidencial.

Tras las palabras del embajador de España Víctor Sánchez Mena, llegó el turno de Luis Adolfo Siles Salinas, quien habló brevemente y agradeció el esfuerzo de unos y otros. En los cálculos, nadie había previsto que llegara ese momento para Siles, porque dicha inauguración estaba en planes de Barrientos y luego de Ovando, pero uno partió de este mundo y el segundo no pudo acelerar sus planes para llegar a la silla presidencial.

Para completar el plato de aquella jornada se mostró el partido que se había grabado días antes entre Bolivia y Argentina en el estadio Hernando Siles, de manera que la edición de aquel día se cerró a las 22.46. Luego llegó el momento de las fotografías, los abrazos y las anécdotas. En una de las fotos de aquel día se ve a un televisor en medio y apoyados sobre él a Charito Castillo, Hugo Eduardo Pol, Tito Landa y David Santalla. En otra foto posan con aire circunspecto Walter Peña, el locutor de las noticias e Italo Mariaca el jefe del departamento de prensa.

Si bien la noticia fue de gran impacto, pocos bolivianos vieron aquella primera emisión en blanco y negro en casa, porque los televisores valían ‘un ojo de la cara’; muchos otros se contentaron viendo las imágenes a través de los amplios ventanales de las casas importadoras de estos costosos aparatos. De pronto el televisor dejó de ser un artículo suntuoso y menudearon las privaciones en los hogares con tal de tener un televisor en casa para ver las programaciones de 18.00 a 23.00 con un contenido casi totalmente extranjero, novelas como “La caldera del diablo”, “Tropicana”, “Batman” y los partidos del fútbol argentino.

Raúl Rivadeneira y Nazario Tirado Cuenca en su libro “La televisión en Bolivia”, ingresan en los detalles de programación y la dependencia de los programas ‘enlatados’, para destacar que entre el 20% de la programación hecha en el país se encontraba el telenoticioso, algunas entrevistas, reportajes especiales, programas para niños, deportes y acontecimientos policiales.

Si bien Bolivia fue el último país en Sudamérica en contar con la televisión, en el gobierno de Víctor Paz Estenssoro se habían colocado los fundamentos con el decreto supremo de 11 de noviembre de 1960, sobre los servicios radioelectrónicos. Pero, el Servicio Nacional de e Televisión tiene su origen en el decreto ley 735  del 5 de octubre de 1965, que crea la Dirección de Radio y TV dependiente de la Secretaría General de la Presidencia.

René Barrientos, quien le había arrebatado el poder a Paz Estenssoro y veía crecer su figura como político necesitaba de un instrumento como la televisión, para dimensionar su figura, aspiraba a mostrar su imagen en la pantalla chica. “Es un hombre bien parecido y aspecto jovial”, decían los comunicadores de entonces y su ego crecía. Sin embargo, Barrientos, que luego llegó al poder por la vía eleccionaria, falleció en abril de 1969 y dejó la pista abierta para su vicepresidente Luis Adolfo Siles Salinas, hijo del expresidente Hernando Siles y hermanastro de Hernán Siles Suazo, quien ya había sido presidente entre 1956  y 1960.

A prudente distancia, en tiempos en que los sables pesaban más que la opinión popular, se encontraba el pandino Alfredo Ovando Candia, quien colaboró con Barrientos en el derrocamiento de Paz Estenssoro y colocaba toda suerte de zancadillas a Siles Salinas, hasta que le arrebató el poder, pero no la ocasión de inaugurar la televisión.

De hecho, René Barrientos tuvo la satisfacción de ver su imagen el 23 de marzo de 1969, porque la empresa española Inelec, que se había adjudicado los derechos para instalar la planta, transmitió en directo aquella ceremonia, con carácter experimental.
Los españoles habían empezado sus ediciones de prueba desde marzo de aquel año desde las oficinas del ex Banco Minero y algunas películas o pruebas se captaban en los televisores de las casas que importaban estos aparatos.

Inelec se adjudicó la instalación de la red nacional por un costo de 2.487.900 dólares. Esta empresa se declaró en quiebra en 1970 incumpliendo varias cláusulas del contrato, de manera que solo instaló sus equipos para la transmisión en La Paz.
Las investigaciones del periódico Presencia mostrarían más tarde que Inelec solo acumulaba material en desuso de empresas de televisión de Francia y otros países, gran parte de cuyos equipos los trajo a Bolivia.

En el momento de la inauguración, la planta de transmisión se montó en los terrenos de radio Illimani sobre una superficie de 400 metros cuadrados, a pocas cuadras de La Ceja de El Alto. El piso del, primer estudio era blanquecino, se contaban con ocho antenas para antenas direccionales, para llegar a un área de 80 kilómetros. El ingeniero español Manolo Rodríguez de Alvear fue el encargado de la instalación. Había tres cámaras móviles, una mesa de sonido, dos grabadoras con cintas de dos pulgadas y “muchas ganas”, cuenta Vargas.

“Me habían hablado muchas veces para que gerente la empresa. Tenía la experiencia acumulada en Estados Unidos, pero era tiempo de los militares y había que confiar la dirección a uno de sus allegados, de manera que a la enésima cita que no cumplieron di un paso al costado. Sabía que había muchos problemas”, cuenta Jorge Romecín, quien años más tarde trataría de enderezar la dirección de ese medio de televisión.

Bolivia ingresó en la etapa de la televisión en color en abril de 1976 y desde 1984 entran en acción los canales privados.

Ese sábado 30 de agosto cambió la rutina del ciudadano paceño, que decidió retornar temprano a casa para sentarse frente a la televisión, las conversaciones hogareñas a la hora de la cena se hicieron más breves y las noches empezaron a ser más atrayentes, porque en el trabajo empezó a generarse otro tipo de comentarios, porque en la pared de casa se habilitó una pared especial…
Ernesto Murillo Estrada

PERSONAJES Hace mas de un año

Lola Sierra de Méndez. Nacida en Trinidad en 1914 se destacó como poeta, cuentista y compositora musical. Estudió piano en la ciudad de Santa Cruz. Se desempeñó como maestra en su tierra natal y luego  decidió radicar en La Paz.

Su obra inmortal interpretada por decenas de músiscos es En las playas del Beni, tema compartido con José Aguirre; también escribió Camba colla, Te quiero, Doña Juana Azurduy y El Jichi. Doña Lola fue también autora de obras literarias como Diálogos cambas y Cocina típica regional.

Recibió distinciones como Mujer de Beni, Mujer boliviana, medalla Cipriano Barace en Trinidad y Amigos de la Ciudad de La Paz. “Sólo hice lo que salió de mi corazón”, dijo doña Lola Sierra después de recibir la condecoración del Viceministerio de Cultura en 2005, año en que falleció.

PERSONAJES Hace mas de un año

Teniente Edmundo Andrade. Nació el 28 de diciembre de 1911 en la ciudad de La Paz, y falleció el 22 de septiembre 1934, cuando defendía el sector más fuerte de la réplica paraguaya en la Guerra del Chaco.

Trabajó en el Regimiento Ingavi IV de Caballería, con asiento en Challapata, en el Regimiento Aroma VI de Caballería, posteriormente destinado a Tupiza, donde organizó el legendario Regimiento Chichas.

En la campaña del Chaco tuvo destacada actuación, habiendo participado en los combates de Nanawa, kilómetro 7, toma de fortines Mariscal López, Mariscal Duarte y Alihuatá, habiendo demostrado gran coraje y valentía hasta que en la Batalla de Algodonal una granada de mortero lo hirió, pero aún así siguió luchando marcando una de las páginas más doradas del Calendario Histórico Militar. El Liceo Militar de Sucre y el estadio de la zona de Miraflores llevan su nombre.

 

PERSONAJES Hace mas de un año

Adrián Patiño. Músico y compositor que con su talento, capacidad e innata vocación acreditó el prestigio del músico boliviano, nació en La Paz en 1895. Es uno de los más grandes compositores de la música popular de Bolivia.
Fue director de bandas militares y sus obras de mayor éxito son Nevando está, Chayñita, Cariñito, Cholita jacarandosa, Sentimiento aymara y Carandaití, entre tantas otras. Patiño escribió teoría musical, canciones escolares, dianas, villancicos, boleros de caballería, bailecitos criollos, marchas y corales, himnos y marchas fúnebres. Falleció en 1951. La Escuela Militar de Música del Ejército lleva el nombre de este notable.