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Blog de Emebol

La enseñanza de la agonía

Saber que se está en la antesala de la muerte, debe provocar una serie de sentimientos encontrados, que lo saben sobrellevar los que arrastran una prolongada enfermedad y advierten el deterioro gradual de su salud.

Saber que se está frente a la parca, porque las cartas del destino han sido esquivas, y se presenta inesperadamente, debe provocar sentimientos de pánico indescriptibles, porque está fuera de los planes reales, porque el destino se presentó abruptamente con su guadaña, con la carta más negra.

Pero, saber que repentinamente una turba ha decidido convertirse en juez, que ha sellado su dictamen basado en la furia, el desenfreno y la avidez desenfrenada de sangre, debe provocar sentimientos inenarrables de angustia y agonía.

Este túnel incomprensible ha sido atravesado por muchos justos. Le toco hace pocos días a Rodolfo Illanes, un abogado nacido en una zona popular, con ansias de superación constante, con deseos de hacer más por los demás y que, presumiblemente calculó más allá de sus posibilidades.

Creyó encontrar personas y se encontró con un grupo sediento de venganza, intentó la persuasión, pero se encontró con gritos enardecidos propios de la irreflexión.

Es en esos momentos cuando la angustia crece y nos conduce a pensamientos cada vez más dramáticos. El proceso se desarrolla con gran rapidez y de lo único que somos conscientes es de un progresivo sentimiento de pánico, que viene acompañado de los sentimientos más nobles al recordar la familia o los seres queridos, que se yuxtaponen con el dolor externo e interno por la impotencia, porque de nada sirven las súplicas

La agonía es una sensación que supone un dolor o sufrimiento largo y muy profundo, usualmente presente en los momentos previos a la muerte. Esta agonía es un tipo de dolor que ya no puede ser sorteado porque es irreversible.

Es el sentimiento límite del hombre que recuerda a Jesús en la agonía de la cruz con la expresión: Padre, hágase tu voluntad y no la mía, porque su suerte estaba echada; esa es la muestra más eficaz que el Cristo sufrió como hombre y no como Dios.

Tras este episodio cruento en nuestro país quedan varias reflexiones, especialmente para encontrar justificativos a tan descomunal actitud sanguinaria. Seguramente existe un grado de culpa cuya cruz llevarán de por vida los ejecutores o los que viendo la barbarie callaron.

Posiblemente reflexionen los maestros, gobernantes, comunicadores, curas y todos aquellos que tienen la responsabilidad de educar a la sociedad sobre el valor de la vida. Posiblemente todo hemos sumado para construir una sociedad violenta, que linda la barbarie, capaz de menospreciar la vida del otro, especialmente la del débil.

Si al menos hubiera remordimiento, ya se tendría una base para construir al hombre; si al menos hubiera sentido de culpa, al menos se tendría la capacidad de distinguir lo bueno de lo malo.

Es probable que la educación rígida de valores deba volver a la escuela, es probable que menos ciencia y más humanidad enderece nuestro camino. No es necesario pasar por un episodio de esta naturaleza para valorar la vida.

 

 

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