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Blog de Emebol

El enviado por Dios

En mi vida vi rostros tristes y melancólicos, aquellos que reflejan una mirada al pasado o aquellos que han sentido una dura experiencia en la vida. Hoy, el día en que el Papa llega a Bolivia, volví a ver el rostro de quien quisiera que no llegase nunca ese momento.

Vi rostros de madre que despiden al hijo, quien se va en busca de mejores días y parten a otros país o región; vi rostros de madres que despiden con la mirada al hijo que se va al primer día en el kinder o la guardería; vi el rostro del amigo que se despide del otro, presintiendo que nunca más lo volverá a ver.

Hoy, volví a mirar un rostro triste, del que siente un dolor profundo, pero no puede hacer nada por detener el tiempo. Jorge María Bergoglio, el hombre, miraba más allá de la ceremonia de despedida en Ecuador, escuchaba, pero no oía, estaba allá, pero parecía no estar presente. Había llegado el momento de la despedida y parecía querer que se detenga el reloj, pero, siendo el enviado de Dios, no pudo hacer ese milagro y debió cumplir la voluntad del Padre.

Le pasaba lo mismo que le sucedió al hombre en cruz, que ante la muerte inminente le dijo al Padre "hágase tu voluntad y no la mía", para luego sufrir en el madero las injurias y el dolor que antecede a la muerte del ajusticiado como cualquier otro mortal.

Esos son los hechos incomprensibles en la vida que nos devuelven al hombre existencial. Solo así puedo entender por qué cientos, miles van al encuentro del Enviado por Dios que llega a Bolivia por un par de días, también quisiera entender por qué hay otros cientos de indiferentes a quienes la llegada del Papa no les dice nada.

Nacido en una familia pobre, Jorge María optó un día por la vida de servicio, sin saber que un día sería ungido como el representante de Dios en la tierra, de acuerdo con el dogma catolico.

Ese hombre llega hoy al corazón de América, al país que empezó con los gritos libertarios y fue el último en despertar a la vida independiente, esos son los desdenes de la vida.

Y mientras por televisión, vi los rostros tristes de los ecuatorianos que despidieron al Papa, también vi en mi recorrido por las calles de La Paz rostros ansiosos, expectantes, ajenos al sacrificio diario y las veleidades; eran los rostros de quienes esperan algo que no se explican, que sienten algo indescriptible que la razón no puede justificar.

Por eso me quedo con la respuesta más simple y compleja al mismo tiempo cuando en mi recorrtido le pregunte a una señora, entrada en años: ¿Por qué madrugó hoy y decidió esperar tantas horas la llegada del Papa?. Su respuesta fue tajante: "porque es el enviado por Dios".

Ernesto Murillo Estrada

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